Un pasillo hacia ella.
Llegó un día en el que algo se aclaró en mi mente. En ese momento me
pareció que era el final de un proceso
natural que culminó así, como ajeno, sin mi intervención. Más tarde pensé que, simplemente, era lo único por hacer. No es difícil para el que camina por un
pasillo encontrar la salida.
Me desperté como tantas otras mañanas, solo. No
necesité el despertador ya que era sábado. Ya la luz del día había inundado mi habitación,
filtrándose, intrusa, entre los pliegues de las cortinas. Acomodé la almohada
detrás de mi cabeza, incorporándome, apenas. Tampoco necesité mirar la hora para saber que me
hubiese gustado dormir un poco más. Sin embargo mi vejiga me había despertado, implacable.
Había estado con ella. Hacía ya varios
meses nos veníamos encontrando, invariablemente, noche tras noche. Buscábamos
lugares diferentes. Algún parque, con árboles
que parecían dibujados, recortando sus miles de hojas ante nuestros ojos y mostrándonos sus verdes, apenas movidos por una brisa suave,caricia.
Y, debajo de ellos, unos banquitos hermosos, de
madera, como suelen verse en las películas.
Nos sentábamos allí, por horas. Ella
solía acostarse en mi regazo, con sus piernas apoyadas en el banco, formando
una especie de taburete en el cual apoyaba algún que otro libro que leía,
mientras yo miraba. Miraba como se movían las hojas de
aquellos árboles, miraba como el sol se escondía entre ellas y se dejaba ver en
forma de rayos, y la miraba a ella. Podía estar horas, días, mirándola. Su
cabello, de miel, acomodado detrás de
sus orejas, sus pestañas, sus labios. En determinado momento, ella se
incorporaba, y, tomándome de la cara con
ambas manos, me besaba. Al principio
despacio, apenas apoyando sus labios contra los míos, luego nos dejábamos
llevar, veloces.
La acompañaba a su casa y nos prometíamos
extrañarnos. Luego caminaba entre otras casas
que me parecían siempre diferentes, siempre otras, por caminos desconocidos que siempre conducían hacia la mía.
Cuando sonaba el despertador, me sentía
descansado, feliz. Me esperaba un día igual a tantos otros, una rutina que me llevaría, otra vez, a la noche.
Esa tarde , al llegar a casa, sentí mi cuerpo más cansado de lo usual. Esto
me alegraba, ya que tardaría menos en dormirme. Preparé algo rápido para cenar,
y me di un baño, con el agua lo más caliente que pude aguantar, lo que, supuse,
me aseguraba sentirme bien, apenas cerrase la ducha. Mientras me secaba sonó el teléfono. Un viejo amigo que quería saludarme. Hablamos por diez minutos y ,mientras hablaba,sentí frío. Me miré en el espejo y me vi desnudo y con los pelos mojados. Me cubrí con la toalla húmeda y fui hacía la
cama. Me tapé y cerré los ojos. Las agujas del reloj marcaban las diez. A poco
de acostarme comencé a sentir una molestia en el estomago, por lo que coloqué
mis manos encima dándome calor, tal como hacia mi madre cuando era un chico.
Cuando las agujas marcaron las once y treinta yo seguía sin dormir y mi panza
crujía. Me pregunté si ella se molestaría por mi demora. Cerré los ojos. A las doce
y quince tuve que ir al baño. La urgencia me impulsó a correr. Tropecé en la
oscuridad y me golpeé un pie. Maldije a la silla con la que tropecé y a lo que
se cruzase por mi mente. Al acostarme miré el reloj. La una y treinta.
Llegué al parque corriendo, con
mi cuerpo mojado y la respiración agitada. Miré por cada rincón, detrás de cada
árbol, en cada banco. No la encontré. Ya mi respiración estaba normal, pero mi
enojo me hacia patear cada piedra del sendero. Volví a casa sin verla. No fue necesario el
despertador. Me incorporé en la cama a las cuatro y me quedé esperando la hora de levantarme, mirando las maderas del techo que brillaban, apenas, con la
luz del reloj. Maderas verdosas,
titilantes. Me sentía triste y me preguntaba si ella se habría enojado.
Había vuelto transpirado del parque, por lo que debí bañarme, otra vez.
En el trabajo me persiguió el malhumor.
Terminé mis tareas y pasé por una farmacia. Debía asegurarme de que no me
volviese a pasar lo mismo de la noche anterior. Me ofrecieron unas capsulas
mitad de color rojo y mitad verde que
debía tomar antes de comer.
Una vez en casa cociné algo
liviano, tome la cápsula y esperé, viendo televisión, un poco antes de
acostarme. Decidí posponer el baño para hacerlo al levantarme. La posibilidad
de que me haya pasado lo de la noche anterior por haber tomado frío, me decidió
a hacerlo de ese modo.
Apagué la televisión y fui al
dormitorio. Me desvestí y me acosté.
Esta vez no necesite correr. Miraba mi
reloj y estaba en horario. Puntual. Al comenzar a descender la pequeña loma de entrada al parque, la vi, a lo lejos.
Estaba sentada. Aún no me había visto. Acomodó su pelo, dejándome ver su
perfil, nítido. Tenía una camisa de un color salmón que estaba en absoluto
composé con su cutis. Se miraba sus
manos y, alternativamente, miraba a unos chicos que jugaban cerca. Se paró al
verme y me encandiló con su sonrisa. Mis temores de que estuviese enojada se
evaporaron. Ni mencionó lo de la noche anterior, como si no hubiese sucedido.
Me abrazó fuerte y me besó en mi mejilla. Nos tomamos de las manos y recorrimos
el parque durante largo rato. En un momento nos detuvimos en un árbol con un
tronco muy grueso, el cual se dividía
formando casi dos árboles diferentes. Apoyé su espalda en él y comencé a besarla. Me di cuenta mientras lo hacía de
cuanto me gustaba hacerlo, de cuanto lo necesitaba. Y valoré, aun más, que ella
no dijese nada de mi ausencia de la noche anterior. Me pregunté que hubiese
hecho yo, si ella no hubiese venido. Seguramente me hubiese enojado. Me
avergoncé. Pensaba todo esto mientras ella me acariciaba mi cuello, hasta que,
en un momento, dejé de pensar.
Me sobresaltó el despertador. Aun no
habíamos llegado a su casa. Rápidamente corrí las agujas quince minutos. Cerré
los ojos. La tomé de la mano y corrimos las cuadras que restaban. Luego, si, me desperté.
Ese día en el trabajo sucedió algo extraño.
Una discusión entre compañeros. Enseguida se levantó el tono de voz. Hasta allí
nada extraño. Lo extraño, si, fue que me encontré como al margen, prescindente. Miraba y
escuchaba lo que pasaba allí, pero como si yo no estuviese allí. Siempre había
sido una persona que participaba en los temas que se suscitaban en el trabajo,
o en un deporte o en la calle misma. Sin embargo, esa tarde, todo aquello
sucedió y me encontré allí como un espectador. Y lo que es más llamativo, sin
importarme, en absoluto, como se decidía
aquella disputa. Me paré de mi silla y me dirigí a una sala contigua y
esperé. Solo un rato después volví. Un compañero me consultó algo, sobre lo que había pasado y que opinaba
al respecto, y le contesté vaguedades.
Llegué a casa a las ocho, ya que tuve que
pasar a retirar unos papeles que necesitaba para un trámite. Comencé con la rutina de preparar la comida,
tomar la capsula, comer, y luego ver televisión -solo un rato- como para no ir a la cama recién comido.
Me dormí a las 10 30. Nos encontramos en
una especie de muelle sobre la playa. Era de madera, no estaba pintada, pero se
dejaba ver noble, dura, resistente. Sin brillo, porque el mar así lo establecía, pero hermosa, a la
vista, y suave, al tacto.
Nos apoyamos en una baranda, en
un extremo. Un viejo pescaba, sentado en un balde, mientras fumaba de una pipa
igual a la de algunos comics, con una especie de cilindro del cual salía la parte
que iba a su boca. Tenía una remera a rayas azules y blancas y su barba era
absolutamente blanca. Nada lo distraía, solo el temblor que se originaba en su
caña cuando un pez mordía el anzuelo. Unas pequeñas llaves oxidadas
colgaban de la caña, preparadas para
anunciar la llegada de un nuevo pez.
En el mar, a unos trescientos metros, más o menos (estuvimos varios minutos tratando de determinar a cuantos metros estaría la embarcación, hablamos sobre lo engañosas que eran las distancias en el mar etc. etc, hasta que ella dijo: Son trescientos metros.) había una embarcación detenida.
El
ladrido de un perro me sobresaltó.
No llegué a pensar si debía
incorporarme o no, el susto me hizo levantar de la cama, mientras miraba a uno
y otro lado. Tardé varios minutos en darme cuenta que era el perro del vecino.
Algo debería haberlo molestado, no lo sé. Si sé que me molesto a mí. Mucho.
Traté de dormirme. El reloj marcaba las 3 30. Lo logré bastante más tarde.
Cuando llegué al muelle ella no estaba.
Al salir del trabajo, pasé por
una farmacia. No la que me había vendido las capsulas para el dolor de
estomago, otra. Esta era una a la que había llegado recomendado por un amigo, estaba en un barrio alejado. Su cartel con letras despintadas dejaba leer: Farmacia "Central". Me pregunté que tendria de central aquella vieja y lejana farmacia. Me atendió el farmacéutico en persona.
En ese momento la farmacia estaba cerrada aun, y eso era lo que buscábamos. Me explicó
que estaba prohibido por ley, mientras se prendía los botones de su guardapolvos, y que solo
lo hacía porque venía recomendado. Le dije que se quedara tranquilo. Me mostró
un pequeño frasco y me habló de proporciones. Le pagué y me fui.
Pasé por un lugar en el que compré unos
guantes de goma y luego por la carnicería.
Preparé un sándwich sencillo, que
comí rápidamente. Busqué la capsula mitad rojo y mitad verde y la tomé con un poco de agua que sentí tibia.
Me provocó arcadas. Antes de ver televisión, me coloqué los guantes de goma, utilicé
una bolsa para mezclar un poco del
frasco que me había dado el farmacéutico - un poco más de lo que él me había
aconsejado de aquel polvo gris- con la carne picada que había comprado por la
tarde. Armé cuatro bolas del tamaño de
una pelota de ping pong. Bastaría con una. Tomé las cuatro, sin sacarme los
guantes y fui hacia el paredón que separaba mi casa de la del vecino.
Me dormí
apenas pasadas las diez. Al llegar al muelle la vi hablando con el viejo.
Me vio y agitó su mano, sonriéndome. Se
despidió del viejo y vino hacia mí, corriendo. Me abrazó mientras me besaba y
me regalaba adjetivos.
Caminamos por una rambla de madera, como el
muelle, bordeada por unos viejos faroles de hierro pintados de un blanco
inmaculado, hacia una posada que quedaba dos cuadras mas allá, sobre la pequeña
calle que bordeaba la costa. Al llegar, pedimos una habitación a la señora
regordeta que nos atendió. Sonrió al vernos tan contentos. -“La 32”, nos dijo, -“en
el primer piso al frente, es nuestra habitación más linda.”. Pensé cual sería
el motivo de numerar con el “32” a una
habitación en una posada que no tendría más de seis o siete.
Nos desvestimos con todo el apuro del cual
éramos capaces. Mis dedos tropezaban en los botones de su vestido. Pronto, nuestros
cuerpos se encontraron disfrutando mientras nuestras mentes volaban. Como el
tiempo que pasaba con ella, que se me antojaba fugaz, y siempre escaso.
“Los esperamos”, se despidió la
señora cuando nos retiramos. La acompañe hasta su casa y luego caminé hasta la mía
en el paseo más feliz que recuerdo. El aroma de los tilos me acompañaba.
Esa noche no nos molestó el perro.
Varios meses estuve disfrutando de estos
encuentros. Sentía como crecía en mí la necesidad de ellos. La necesidad
de verla, de sentirla. Disfrutaba cada instante, en una especie de torbellino
que me llevaba a dejarme llevar y a no querer salir de él.
Hacía varios meses, también, que a partir
de media tarde, ya no bebía agua ni ningún otro líquido, porque no quería
que mi vejiga me obligase a alejarme de ella. Había desconectado, hacía tiempo,
el teléfono. Este sábado, cuando la luz me despertó, pensé en cerrar las
ventanas con maderas. La cuestión del perro ya estaba zanjada. Pero todas ellas
me parecían soluciones imperfectas, parches. Debía hacer algo.
¿Qué podría hacer para poder
quedarme en esa vida, la verdadera, para siempre?
Esa noche
de sábado, después de cenar, lavé los pocos platos sucios que había,
revisé con la mirada y me tranquilizó el orden que veía. Apagué la televisión, encendí
una pequeña vela debajo de un cuenco que desparramaba lavandas. Me serví un
whisky en mi vaso preferido, pesado, con letras doradas. Sin hielo. Corrí la mesa al centro de la sala, y me subí
a ella. Miré la hora. Las once. “Perfecto, llego a tiempo”, pensé. Ajusté la
soga y salté.
Para cuando dan ganas de saltar. Y enseguida arrepentirse.
