domingo, 1 de diciembre de 2013

Un pasillo hacia ella.



Un pasillo hacia ella.

   
 Llegó un día en el que algo se aclaró en mi mente. En ese momento me pareció  que era el final de un proceso natural  que culminó  así, como ajeno, sin mi intervención.  Más tarde pensé que,  simplemente, era lo único por hacer.  No es difícil para el que camina por un pasillo encontrar la salida.
    

 Me  desperté como tantas otras mañanas, solo. No necesité el despertador ya que era sábado. Ya la luz del día había inundado mi habitación, filtrándose, intrusa, entre los pliegues de las cortinas. Acomodé la almohada detrás de mi cabeza, incorporándome, apenas. Tampoco  necesité mirar la hora para saber que me hubiese gustado dormir un poco más. Sin embargo mi vejiga me había despertado, implacable.
 Había estado con ella. Hacía ya varios meses nos veníamos encontrando, invariablemente, noche tras noche. Buscábamos lugares diferentes. Algún parque, con árboles  que parecían dibujados, recortando sus miles de hojas ante nuestros ojos y mostrándonos sus verdes, apenas movidos por una brisa suave,caricia.
Y, debajo de ellos, unos banquitos hermosos, de madera, como suelen verse en las películas. 
 Nos sentábamos allí, por horas. Ella solía acostarse en mi regazo, con sus piernas apoyadas en el banco, formando una especie de taburete en el cual apoyaba algún que otro libro que leía, mientras  yo  miraba. Miraba como se movían las hojas de aquellos árboles, miraba como el sol se escondía  entre ellas y se dejaba  ver  en forma de rayos, y la miraba a ella. Podía estar horas, días, mirándola. Su cabello, de miel,  acomodado detrás de sus orejas, sus pestañas, sus labios. En determinado momento, ella se incorporaba, y, tomándome  de la cara con ambas manos, me besaba.  Al principio despacio, apenas apoyando sus labios contra los míos, luego nos dejábamos llevar, veloces.
 La acompañaba a su casa y nos prometíamos extrañarnos. Luego caminaba entre  otras casas que me parecían siempre diferentes, siempre otras,  por caminos desconocidos que siempre  conducían hacia la mía.
    
 Cuando sonaba el despertador, me sentía descansado, feliz. Me esperaba un día igual a tantos otros, una rutina que  me llevaría, otra vez, a la noche.
  Esa tarde , al llegar a casa, sentí mi cuerpo más cansado de lo usual. Esto me alegraba, ya que tardaría menos en dormirme. Preparé algo rápido para cenar, y me di un baño, con el agua lo más caliente que pude aguantar, lo que, supuse, me aseguraba sentirme bien, apenas cerrase la ducha. Mientras me secaba sonó el teléfono. Un viejo amigo que quería saludarme. Hablamos por diez minutos y ,mientras hablaba,sentí frío. Me miré en el espejo y me vi desnudo y con los pelos mojados. Me cubrí con la toalla húmeda y fui hacía la cama. Me tapé y cerré los ojos. Las agujas del reloj marcaban las diez. A poco de acostarme comencé a sentir una molestia en el estomago, por lo que coloqué mis manos encima dándome calor, tal como hacia mi madre cuando era un chico. Cuando las agujas marcaron las once y treinta yo seguía sin dormir y mi panza crujía. Me pregunté si ella se molestaría por mi demora. Cerré los ojos. A las doce y quince tuve que ir al baño. La urgencia me impulsó a correr. Tropecé en la oscuridad y me golpeé un pie. Maldije a la silla con la que tropecé y a lo que se cruzase por mi mente.   Al  acostarme miré  el reloj. La una y treinta.
 Llegué al parque corriendo, con mi cuerpo mojado y la respiración agitada. Miré por cada rincón, detrás de cada árbol, en cada banco. No la encontré. Ya mi respiración estaba normal, pero mi enojo me hacia patear cada piedra del sendero. Volví  a casa sin verla. No fue necesario el despertador. Me incorporé en la cama a las cuatro y me quedé  esperando la hora de levantarme, mirando las maderas del techo que brillaban, apenas, con la luz del reloj.  Maderas verdosas, titilantes. Me sentía triste y me preguntaba si ella se habría enojado.
  Había vuelto transpirado del parque, por lo que debí bañarme, otra vez.
  
 En el trabajo me persiguió el malhumor. Terminé mis tareas y pasé por una farmacia. Debía asegurarme de que no me volviese a pasar lo mismo de la noche anterior. Me ofrecieron unas capsulas mitad de  color rojo y mitad verde que debía tomar antes de comer.
Una vez en casa cociné algo liviano, tome la cápsula y esperé, viendo televisión, un poco antes de acostarme. Decidí posponer el baño para hacerlo al levantarme. La posibilidad de que me haya pasado lo de la noche anterior por haber tomado frío, me decidió a hacerlo de ese modo.
Apagué la televisión y fui al dormitorio. Me desvestí y me acosté.
 Esta vez no necesite correr. Miraba mi reloj y estaba en horario. Puntual. Al comenzar a descender la pequeña  loma de entrada al parque, la vi, a lo lejos. Estaba sentada. Aún no me había visto. Acomodó su pelo, dejándome ver su perfil, nítido. Tenía una camisa de un color salmón que estaba en absoluto composé con su cutis. Se miraba sus manos y, alternativamente, miraba a unos chicos que jugaban cerca. Se paró al verme y me encandiló con su sonrisa. Mis temores de que estuviese enojada se evaporaron. Ni mencionó lo de la noche anterior, como si no hubiese sucedido. Me abrazó fuerte y me besó en mi mejilla. Nos tomamos de las manos y recorrimos el parque durante largo rato. En un momento nos detuvimos en un árbol con un tronco muy grueso, el cual se dividía  formando casi dos árboles diferentes. Apoyé su espalda en él  y comencé  a besarla. Me di cuenta mientras lo hacía de cuanto me gustaba hacerlo, de cuanto lo necesitaba. Y valoré, aun más, que ella no dijese nada de mi ausencia de la noche anterior. Me pregunté que hubiese hecho yo, si ella no hubiese venido. Seguramente me hubiese enojado. Me avergoncé. Pensaba todo esto mientras ella me acariciaba mi cuello, hasta que, en un momento, dejé de pensar.
 Me sobresaltó el despertador. Aun no habíamos llegado a su casa. Rápidamente corrí las agujas quince minutos. Cerré los ojos. La tomé de la mano y corrimos las cuadras que restaban. Luego, si, me desperté.
  Ese día en el trabajo sucedió algo extraño. Una discusión entre compañeros. Enseguida se levantó el tono de voz. Hasta allí nada extraño. Lo extraño, si, fue que me encontré como al margen, prescindente. Miraba y escuchaba lo que pasaba allí, pero como si yo no estuviese allí. Siempre había sido una persona que participaba en los temas que se suscitaban en el trabajo, o en un deporte o en la calle misma. Sin embargo, esa tarde, todo aquello sucedió y me encontré allí como un espectador. Y lo que es más llamativo, sin importarme, en absoluto, como se decidía  aquella disputa. Me paré de mi silla y me dirigí a una sala contigua y esperé. Solo un rato después volví. Un compañero me consultó  algo, sobre lo que había pasado y que opinaba al respecto, y le contesté vaguedades.
 Llegué a casa a las ocho, ya que tuve que pasar a retirar unos papeles que necesitaba para un trámite.   Comencé con la rutina de preparar la comida, tomar la capsula, comer, y luego ver televisión   -solo un rato-  como para no ir a la cama recién comido.
 Me dormí a las 10 30. Nos encontramos en una especie de muelle sobre la playa. Era de madera, no estaba pintada, pero se dejaba ver noble, dura, resistente. Sin brillo, porque  el mar así lo establecía, pero hermosa, a la vista, y suave, al tacto.
 Nos apoyamos en una baranda, en un extremo. Un viejo pescaba, sentado en un balde, mientras fumaba de una pipa igual a la de algunos comics, con una   especie de cilindro del cual salía la parte que iba a su boca. Tenía una remera a rayas azules y blancas y su barba era absolutamente blanca. Nada lo distraía, solo el temblor que se originaba en su caña cuando un pez mordía el anzuelo. Unas pequeñas llaves oxidadas colgaban  de la caña, preparadas para anunciar la llegada de un nuevo pez.
 En el mar, a unos trescientos metros, más o menos (estuvimos varios minutos tratando de determinar a cuantos metros estaría la embarcación, hablamos sobre lo engañosas que eran las distancias en el mar etc. etc, hasta que ella dijo: Son trescientos metros.) había una embarcación detenida.
 El ladrido de un perro me sobresaltó.
 No llegué a pensar si debía incorporarme o no, el susto me hizo levantar de la cama, mientras miraba a uno y otro lado. Tardé varios minutos en darme cuenta que era el perro del vecino. Algo debería haberlo molestado, no lo sé. Si sé que me molesto a mí. Mucho. Traté de dormirme. El reloj marcaba las 3 30. Lo logré bastante más tarde. Cuando llegué al muelle ella no estaba.
   


 Al salir del trabajo, pasé por una farmacia. No la que me había vendido las capsulas para el dolor de estomago, otra. Esta era una a la que había llegado recomendado por un amigo, estaba en un barrio alejado.  Su cartel con letras despintadas dejaba leer: Farmacia "Central". Me pregunté que tendria de central aquella vieja y lejana farmacia. Me atendió el farmacéutico  en persona. En ese momento la farmacia estaba cerrada aun, y eso era lo que buscábamos. Me explicó  que estaba prohibido por ley, mientras se prendía los botones de su guardapolvos, y que solo lo hacía porque venía recomendado. Le dije que se quedara tranquilo. Me mostró un pequeño frasco y me habló de proporciones. Le pagué y me fui.
 Pasé por un lugar en el que compré unos guantes de goma y luego por la carnicería.
 Preparé un sándwich sencillo, que comí rápidamente.  Busqué  la capsula mitad rojo y mitad verde  y la tomé con un poco de agua que sentí tibia. Me provocó arcadas. Antes de ver televisión, me coloqué los guantes de goma, utilicé una bolsa para mezclar  un poco del frasco que me había dado el farmacéutico - un poco más de lo que él me había aconsejado de aquel polvo gris- con la carne picada que había comprado por la tarde. Armé  cuatro bolas del tamaño de una pelota de ping pong. Bastaría con una. Tomé las cuatro, sin sacarme los guantes y fui hacia el paredón que separaba mi casa de la del vecino.
  


 Me dormí  apenas pasadas las diez. Al llegar al muelle la vi hablando con el viejo. Me vio  y agitó su mano, sonriéndome. Se despidió del viejo y vino hacia mí, corriendo. Me abrazó mientras me besaba y me regalaba adjetivos.
 Caminamos por una rambla de madera, como el muelle, bordeada por unos viejos faroles de hierro pintados de un blanco inmaculado, hacia una posada que quedaba dos cuadras mas allá, sobre la pequeña calle que bordeaba la costa. Al llegar, pedimos una habitación a la señora regordeta que nos atendió. Sonrió al vernos tan contentos. -“La 32”, nos dijo, -“en el primer piso al frente, es nuestra habitación más linda.”.  Pensé cual sería el motivo de numerar con el “32”  a una habitación en una posada que no tendría más de seis o siete.
 Nos desvestimos con todo el apuro del cual éramos capaces. Mis dedos tropezaban en los botones de su vestido. Pronto, nuestros cuerpos se encontraron disfrutando mientras nuestras mentes volaban. Como el tiempo que pasaba con ella, que se me antojaba fugaz, y siempre escaso.
 “Los esperamos”, se despidió la señora cuando nos retiramos. La acompañe hasta su casa y luego caminé hasta la mía en el paseo más feliz que recuerdo. El aroma de los tilos me acompañaba.      
 Esa noche no nos molestó el perro.
  
 Varios meses estuve disfrutando de estos encuentros. Sentía como crecía en mí la necesidad de ellos. La necesidad de verla, de sentirla. Disfrutaba cada instante, en una especie de torbellino que me llevaba a dejarme llevar y a no querer salir de él.
 Hacía varios meses, también, que a partir de media tarde, ya no bebía  agua ni ningún otro líquido, porque no quería que mi vejiga me obligase a alejarme de ella. Había desconectado, hacía tiempo, el teléfono. Este sábado, cuando la luz me despertó, pensé en cerrar las ventanas con maderas. La cuestión del perro ya estaba zanjada. Pero todas ellas me parecían soluciones imperfectas, parches. Debía hacer algo. 
¿Qué podría  hacer para poder quedarme en esa vida, la verdadera, para siempre?
 Esa noche  de sábado, después de cenar, lavé los pocos platos sucios que había, revisé con la mirada y me tranquilizó el orden que veía. Apagué la televisión, encendí una pequeña vela debajo de un cuenco que desparramaba lavandas. Me serví un whisky en mi vaso preferido, pesado, con letras doradas. Sin hielo.  Corrí la mesa al centro de la sala, y me subí a ella. Miré la hora. Las once. “Perfecto, llego a tiempo”, pensé. Ajusté la soga y salté.









Para cuando dan ganas de saltar. Y enseguida arrepentirse.