martes, 17 de diciembre de 2013

Lunar






Comenzamos a mediados de abril, un lunes. Estuvimos de acuerdo en hacerlo:”Mi amiga Carla y Pepe, su marido, lo hicieron y  les fue re bien”, me contó, entusiasmada, Dolores.”Me parece, bien, mi amor”, recuerdo haberle contestado.
Dolores, mi mujer, se refería a comenzar una terapia de parejas.  Yo estaba dispuesto a hacer todo lo que hubiese que hacer para estar mejor con ella. Dolores es  el amor de mi vida. Nos casamos luego de un noviazgo no tan breve, pero impetuoso. Ambos vivíamos lo que no habíamos vivido hasta entonces. La dulce dependencia del otro. El querer estar todo el tiempo juntos. Planear. Soñar. Ella tenía veinticuatro, yo, veintiséis. Con esfuerzo fuimos concretando aquellos planes iniciales: a los dos años Dolores quedó embarazada por primera vez, Pedro, y dos años después, Manuela. Compramos, créditos mediante, un lindo departamento, a la calle, en un piso cuarto de una zona hermosa. Al poco tiempo,un ascenso de Dolores hizo posible nuestro primer auto.
Teníamos una vida social activa, mis amigos y sus amigas, sumados a los que cada uno pudo agregar de nuestros trabajos, hacían que pudiésemos organizar cenas, salidas, encuentros en los que la pasábamos bien. Reíamos. Mucho.
Destaco esto, Doctor, porque para mí es muy importante reír. Hacer reír. Que me hagan reír. Y eso es loque nos pasaba con Dolores. Siempre.
El consultorio era pequeño pero acogedor. No había libros. Los libros me encantaban, pero no en esta situación. Si busco un abogado, quiero ver libros, si busco un psicólogo, quiero calidez. Un cuadro, alguna foto con caras sonrientes, una ventana a un parque, madera, un sillón confortable.
El  doctor accedió a verme solo, pese a su insistencia en que deberíamos informar a  Dolores de este encuentro: “No hay problema, Dr., le dije, pero tengo que verlo. A solas”
Por supuesto que el doctor estaba al tanto de todo aquello que nos había llevado a comenzar la terapia de pareja. Un enfriamiento de la relación. Grandes espacios de tiempo, en silencio, sin tema para compartir.
Pocas risas. Cada vez menos sexo. Había una recriminación mutua. “Si no te toco, podemos estar seis meses sin hacer el amor”, recuerdo haberle dicho en alguna ocasión.
“Mirá quien habla: te quedas hasta cualquier hora mirando televisión, yo con los chicos, la cena, los platos… ¿y después querés que este vestida de princesa para vos?
Todo eso – y mucho más- lo sabía el doctor. También sabía que yo podía reconocer que algunas cosas no estaban nada bien, que podía haber desgaste, que esto, que lo otro, pero yo tenía algo bien claro: Amaba a Dolores. Aun a esta Dolores, mas apagada, más áspera, arisca… ¿Cómo decirlo? Más triste.

Pero lo que motivaba mi reunión era otro tema.

Tengo que decirle lo que nos pasó el mes pasado doctor.
Cerca de  un mes atrás –a usted lo vemos una vez al mes y esto fue a los pocos días de nuestro último encuentro- sucedió un hecho inusual: una tarde, creo que no serian más de las cinco, porque se veía todo el movimiento alrededor del colegio, una cuadra más allá de donde estábamos estacionando el auto, mientras agarraba los documentos, veo que Dolores bajaba: “Cuidado que viene un auto, amor”, “ Ya lo vi”
Íbamos a comprar unas pavadas para la casa, nada del otro mundo, creo que unas toallas (lo que vino después fue tan shockeante que olvidé casi por completo los detalles menores). La tienda quedaba a la vuelta. Casi al llegar a la esquina escuchamos voces, gritos, ruidos de bombos…miramos y vemos una manifestación enorme  que ocuparía unas tres cuadras  en reclamo de vaya a saber uno que. Debíamos cruzar la calle. Esperamos unos minutos y escucho a Dolores que me dice:”Dale, crucemos”, “¿Te parece?”.
Dolores se zambulló en la muchedumbre y a los pocos metros la perdí de vista. Unos quince minutos después, casi con los últimos caminantes, decidí cruzar. Caminé unos metros, mirando hacia uno y otro lado buscándola. No la vi. “Debe haber entrado a la tienda”, pensé. Ingresé a la tienda, la busqué desde la entrada, sin entrar demasiado dentro del lugar, dudando que pudiese estar allí. Una vendedora se acercó:“Buenas tardes…creo que mi Sra. entró hace unos minutos tiene puesto…” Describí a Dolores lo mejor que pude. “No, Sr, no entró nadie parecido a quien usted dice”.
Salí. Busque mi celular en mi bolsillo y la llamé. Nadie contestó. Esperé unos minutos en la puerta de la tienda. Fui hasta la esquina. Fui hasta el auto. Volví a llamarla. Nada. De nada. Llamé a mi suegra. Mientras lo hacía me arrepentí… ¿Qué podría decirme? Solo la preocuparía. Corté.



Una hora después decidí ir a la policía. La seccional quedaba a cuatro cuadras, fui caminando.
Me recibió una mujer policía, joven, de gesto adusto. Le comenté lo sucedido. Me explicó que era  muy poco el tiempo transcurrido  desde la última vez que había visto a  Dolores. Que quizás fue un malentendido. Que el celular de ella podía haberse quedado sin batería, que recién a las 24 horas de la desaparición (escuché desaparición y se me hizo un nudo en el estomago) ellos podían intervenir.
Me fui caminando despacio hasta el auto, con las manos que me comenzaban a transpirar y el corazón a galopar.

Fui directo a casa.



El doctor escuchaba atentamente, sin interrumpirme. Yo me preocupaba porque sabía que, por más importante que fuese lo que le estaba contando, la sesión era de cuarenta y cinco minutos. Miré mi reloj: hacia veinte minutos que estaba allí. Continué.
Al llegar a casa, ni bien escuchó que colocaba la llave, Manuela se me abalanzó, y saltó a mis brazos:”¡Hola, Papi! ¿Y Mami?”…Ahora viene, se quedó terminando unas cosas”, mentí, mientras miraba a Florencia, la vecina que nos cuidaba a los nenes cuando teníamos algo que hacer.
Fueron tres horas interminables, Doctor, créame, interminables, hasta que a eso de las diez, escuchamos que alguien entraba. Era ella. Venia sonriente. Había pasado por una rotisería y traía algo para comer, pese a que los chicos habían comido a las nueve como siempre.
“Si, ya se – se anticipo- es para nosotros dos, Amor”
Acostamos a los chicos y nos sentamos a comer. Dolores sonreía. Me miraba diferente. Me sirvió una porción y, al pasar a mi lado, me acarició la nuca, suave, cariñosamente.
Yo no supe cómo hablar de lo sucedido a la tarde, Doctor. No quise recriminarle nada…incluso pensé que sería mejor que ella me dijese que ocurrió, ¿Porqué no me dijo adónde iba? ¿Cómo no me avisó, para no preocuparme? Y eso hice: no toque el tema, a la espera...
Pero Dolores no dijo nada, nunca. Terminamos de comer, se paró a mi lado y me susurró al oído: “¿Vamos a la cama? Yo lavo mañana. Me acosté primero y la esperé. Vino vestida, disculpe si el término es antiguo,
Doctor, pero comprenda que la lencería no es mi especialidad, en un baby doll con flores, de breteles finos, bordeaba  el escote una cinta de encaje negro. Una extraña  sensualidad flotaba a su alrededor. Su perfume –el que usaba tan poco- me invadió mientras ella me besaba el cuello. Besos chiquitos. Hicimos el amor como hacía mucho tiempo no lo hacíamos, Doctor.
Miré mi reloj. Cuarenta minutos.

Preferí no continuar porque quería escuchar al Doctor.

Tomó su pequeño cuadernito, en el que había anotado algunas cosas, acomodó sus lentes y me miró por encima de ellos: Hasta ahora, perdóname (el doctor me tuteaba, cosa que yo nunca pude hacer), no veo nada malo, Felipe. Quizás te asustaste, quizás se escapó a comprar algo personal y se olvidó de avisarte….quizás… ¿pensaste en una sorpresa para vos?

No, doctor, usted no entiende algo, lo interrumpí: Dolores no tiene el lunar.

El doctor me miró, serio.

Dolores tiene un lunar detrás de la oreja derecha, muy notable. Es como una seña particular ¿vio? Pues bien, Dolores, ESTA Dolores, la amorosa, la que me hace el amor como nunca, la que sonríe todo el tiempo, la que es amable , cariñosa,buena madre y todo lo que usted se imagina, NO tiene el puto LUNAR ¿me entiende? ¿Me entiende ahora,Doctor?

El doctor me miraba sin comprender, pero yo si lo comprendí a él: El pobre habrá pensado: “Nunca es tarde para sorprenderse”
¿Cómo mierda el doctor iba a creer en mi versión del lunar y de la desaparición del mismo? El hecho es que miró su reloj y, en lo que constituyó un hecho extraordinario, llamó por el interno a su secretaria y le dijo:
“Clarita, ¿le decís a la Sra. Mastronardi que me voy a demorar quince minutos?
Me miró y dijo, mientras con ambas manos moviéndolas juntas, abiertas, de arriba hacia abajo, hacia un gesto como de: “Paremos la mano”. 
Acto seguido me preguntó: “Felipe: si es como vos decís, la persona que está con vos, NO es Dolores ¿no es cierto? el doctor remarcó la palabra no, hablando mas despacio, pero en un tono mas elevado.

Asentí con la cabeza.

“Entonces, si Dolores no está con ustedes, hay que buscarla ¿no?”, esta vez ,solo utilizó el tono elevado para preguntarme:¿no?

Negué con la cabeza.

“¿¡Cómo que no!?”, dijo y se le cayó la birome al piso.

No, Doctor, aquí viene donde necesito su ayuda. Justamente. Vengo aquí porque tengo miedo, Doctor. Y quiero que me de alguna herramienta, alguna técnica de como manejarlo. Ya van varia noches en las que me despierto y ya no me puedo dormir,pensando siempre en lo mismo.
Esta Dolores, la actual, es la persona más maravillosa que conocí. No puedo pedir más. Lo tiene todo. Voy por la vida flotando. Pensando en ella, todo el tiempo. Planeando encuentros. Ella me sorprende: se aparece a la salida del trabajo y nos besamos como adolescentes. Caminamos de vuelta a casa tomados de la mano. Me pone cartitas de amor en los bolsillos del saco, chocolatines... Vemos películas y… ¡no nos quedamos dormidos! Esperando el final, para seguir con los besos. Sus abrazos por las noches son abrazos de miel.
En fin. Estoy perdidamente enamorado de esta Dolores…es por eso que tengo miedo, Doctor, mucho, mucho miedo...


Se hizo un silencio, el doctor me miró, expectante:



¡Cómo no voy a tener miedo , Doctor! ¡ Imagínese lo que seria  si un día llego a casa y , así como un día se me apareció esta Dolores,  me encuentro,de sopetón, así como así, con Dolores, la otra, la del lunar!