sábado, 7 de diciembre de 2013

Tan solo, tan triste.

Quizas , a manera de introducción:











Fueron seis  meses. Exactos. El 30 de junio, ella le dijo: “No puedo. No puedo”.
Se habían reencontrado en la celebración de fin de año que se hizo en el country en el que ella vivía.
Habían vuelto a sentir lo que hacía tanto no sentían. Se amaron con pasión adolescente. A hurtadillas. Él, Enrique Martínez, organizaba su día, su semana, su vida, para verla. Encontrarla a deshoras. En lugares alejados, escondiéndose de todos, dando nombres falsos, silenciando celulares, apurándose para amarse.
En cada encuentro se descubrían. El recorría su piel con sus manos, lentamente, adorándola,  desde sus pies, sus piernas, su brazo, terminando en el lóbulo de su oreja, de  suavidad conocida, y luego tomaba el pequeño aro dorado con una piedra azul entre sus dedos. Podía pasar horas enteras mientras ella,con sus ojos cerrados, dormía,y él , acostado a su lado, acariciaba sus cejas, con su dedo, recorría sus ojos, bordeandolos, despacio, sin despertarla.
En una ocasión, un fin de semana en la que el esposo de Miranda se ausentó a un congreso, dispusieron de un fin de semana completo. Enrique Martínez ordenó que prepararan su jet y volaron a Mendoza. Entre sus empresas se contaba un pequeño viñedo que él estaba remodelando. Había contratado a un californiano que se ocuparía de la producción . Sería una pequeña pero exquisita producción. En el centro del viñedo, una enorme y añosa casona oficiaba de Petit hotel. Pese a su tamaño, solo una parte estaba destinada a huéspedes por lo que en  algunas guías internacionales lo llamaban Hotel Boutique, término que  Martínez despreciaba.
Sus techos de piedra, paredes de viejos ladrillos y ventanales enormes hacían del lugar un paraíso. En su interior funcionaba un pequeñísimo restaurante, el cual tenía las reservas tomadas por dos años. Famosos, magnates, políticos se disputaban sus mesas.




Ese fin de semana, Enrique Martínez hizo enviar un regalo especial a las personas que tenias sus reservas. Un viaje para algunos, costosos perfumes, algunas joyas. Su secretaria Pilar se encargó de ello, ante la orden de su jefe: "Anulá todo, Pilar. Como sea. "
El viñedo era para ellos dos.
Su chofer, que había llegado unos días antes, los esperaba en el aeropuerto. Una liviana llovizna hizo que estuviese a los pies de la escalerilla con un amplio paraguas. “Hola, Carlos” “Hola, Miranda”. Ella se había preocupado de que eviten con ella el termino Señora. “Decime, Miranda, por favor”. La mano de Enrique Martínez tomaba a la de Miranda, entrecruzando sus dedos. Carlos nunca había visto que su patrón hiciese eso con ninguna mujer. También notó la forma en que se miraban, y sonrió. Ya Pilar se lo había comentado, unos días atrás: “Fijáte como se miran, Carlos.”
Abrió la pesada puerta de la casona una señora regordeta y baja, de mejillas rosadas y lentes de aro redondo, que parecía escapada de un libro de cuentos. Era Franca, la persona que Enrique Martínez tuvo siempre a su lado en cada casa a la que se trasladaba. Ella era informada por Pilar de la agenda de Martínez y partía unos días antes para tener todo listo para cuando él llegase. La temperatura de los ambientes, el agua mineral de su marca preferida, los vinos, algún chocolate, los relojes, su ropa. Todo aquello que Enrique Martínez podía necesitar estaba allí porque ella lo había dispuesto tal como él quería. Hacia treinta años que trabajaba a sus ordenes. Y, aunque el tipo de trabajo le había hecho postergar importantes cosas en su vida – varias parejas de Franca no soportaron su continuo ir y venir- ella era feliz. Adoraba a Enrique Martínez. Se dispensaban cariño mutuamente. Él solía abrazarla –como en esta ocasión , al entrar a la casona- y decirle alguna palabra cariñosa al oído. La paga que Franca recibía por su trabajo era superior a la de muchos gerentes de banco y el departamento en pleno centro de la capital en el que ella vivía (vivir es un decir :Franca vivía allí donde Martínez vivía) había sido un regalo de él , bastante tiempo atrás.


El salón era amplio, con pisos de brillosa y añeja madera. En una pared lateral, trepidaban unos leños, dentro de un hogar de piedras redondas. Las mesas estaban vestidas como si allí se fuese a brindar una recepción. Martínez la tomó por los hombros y la ayudó a sacarse el abrigo. El frío de mayo se veía tras un ventanal, mas atrás los viñedos, en geométrico orden y, en el fondo, unas montañas terminaban de cerrar la imagen que Miranda tenía en sus ojos: Si hay un paraíso, es este, pensó.
En el que luego recordarían como el mejor fin de semana de sus vidas, Miranda y Martínez caminaron, comieron, rieron, se amaron, como nunca antes.
Él leía, por las noches, mientras ella apoyaba su cabeza en su pecho, hasta dormirse. 
Tiempo después ella le confiaría que nadie, nunca, le había leído de esa manera. Él le contestaría que nunca antes alguien había apoyado su cabeza en su pecho mientras él leía.
Franca miraba desde la ventana de su habitación y veía a su patrón caminar de la mano de aquella mujer y, mientras una sonrisa se dibujaba en su boca, pensaba: “Se lo merece. Vaya si se lo merece. ¿Puede  alguien esperar tanto a una persona? Franca había sido testigo silenciosa de la vida de Enrique Martínez y conocía perfectamente de su amor por esa mujer. "Si, se dijo a sí misma. Se puede". Y cerró la pesada cortina de tela.


Volvieron a la capital un día antes de que el marido de Miranda hiciese lo propio. Habían ideado una complicada historia que justificase el fin de semana. Un encuentro de consultores se había se había organizado de imprevisto, en una de las empresas de…Enrique Martínez. Sus hijos habían quedado al cuidado de Astrid. El celular de Miranda era invariablemente atendido por Franca quien con su mejor voz repetía: Esta llamada a sido derivada… Buenos días, Señor ¿en qué puedo ayudarle?, La Sra. Miranda está en el taller referido a “Conductas a desarrollar en el ámbito laboral”, ¿quiere dejarle un mensaje? “


Sin embargo, el 30 de junio llegó. Ella evitó el encuentro, prefiriendo el teléfono:”No puedo. No puedo”. Lloraba. Le decía que nunca había sido tan feliz. Que jamás había sentido lo que ahora sentía. Que ella también había soñado por encontrarlo, alguna vez. Y que temblaba al sentirlo cerca.
Pero que no podía dejar su vida.
Enrique Martínez la escuchaba, en silencio.
No puedo terminar con mi familia, Enrique ¿me entendés? Los chicos sufrirían. Mi marido sufriría…No puedo. No puedo.
Enrique Martínez sintió un nudo en su garganta. Tragó saliva. Sintió sus ojos empañarse. Aunque hubiese esperado treinta años para vivir los mejores seis meses de su vida y todo ello se acabe así, en un tris, aunque muchas cosas pasaron por su  cabeza mientras su saliva le despejaba la voz, aunque ,usando a fondo su poder, se había enterado de algunos secretos del Señor Juez,  Enrique Martínez prefirió decir: Te entiendo, Moon. Esperó unos segundos y cortó.








El día de su cumpleaños número setenta y  cinco, Enrique Martínez estaba exultante: acababa de sellar lo que él consideraba su mejor jugada: su retiro. Durante toda su vida  empresarial, Enrique Martínez había cultivado como un dogma el trabajo en equipo. Darle lugar a otros había sido el norte en su forma de conducir y, aunque muchas veces lo habían decepcionado, el perseveraba en ello porque estaba convencido que esta era la única manera de que una empresa se mantenga en el tiempo y superviva  a sus dueños. El ego de Enrique Martínez no tenia limites: se consideraba superior a todo aquel que lo rodease, técnica, humana y, sobre todo, culturalmente, pero esto no era un obstáculo para lograr su cometido de compartir liderazgo y actuar en equipo, por una sencilla razón: Se sabía vulnerable. Un ataque cardíaco casi silencioso -un fuerte dolor durante un crucero por el mediterráneo – fue diagnosticado por los médicos como muy afortunado: podría haber sido masivo. Se lo sometió a una complicada operación en el mejor hospital de los Estados Unidos que resultó exitosa, pero que lo marcó definitivamente.
Al volver a su casa ,Franca (que por especial pedido de él no había sido parte del viaje)  le preguntó: ¿Cómo está , Enrique?
A lo que él contestó: Impecable, Franca, Impecable.
Y entonces,hoy, el día de su cumpleaños número setenta y cinco, se vió delegando en su mano derecha, un joven a quien había preparado durante diez años, la conducción de sus empresas, reservándose un puesto vital en el directorio, la presidencia honoraria, aunque solo para monitorear los primeros meses sin su conducción..
Tenía planeado concretar algunas cosas que tenía pendientes: aprendería  a tocar el piano y realizaría un curso intensivo para aprender a hablar chino mandarín, el cual, según su visión, sería  indispensable hablar si uno quería considerarse un verdadero empresario, aun retirado . “Nunca confíes en un intérprete”, le había dicho su padre.

En el medio de la fiesta que Pilar le había organizado, su celular vibró en su bolsillo. Miró la pantalla, leyó: “Astrid”. Se trasladó hacia un coqueto y tranquilo salón y cerró la puerta tras de sí. “Hola, Astrid” , “Hola Enrique, ¡Feliz Cumpleaños!”
Era la primera vez en veinte años que Astrid lo llamaba para su cumpleaños.
Lo que escuchó le heló la sangre. Miranda está muy mal, Enrique. Martínez la interrumpió: ¿Dónde estás? Astrid le contestó que en su casa. Martínez anotó la dirección, mientras por otro celular le pedía a  Carlos que prepare un auto. Le hizo un gesto con la mano a Pilar: al acercarse le dijo:”Me voy” “Pero…los invitados” Enrique Martínez la miró y ella no necesitó mas.
Bajó los cuarenta pisos desde el pent-house hasta las cocheras. El auto esperaba al pie del ascensor. Subió y le pasó el papelito con la dirección a Carlos.”Rápido”, dijo, seco.
Pasó por la casa de Astrid y fueron a un café cercano.
Al entrar le pidió al encargado que bajen la música y que pongan música clásica. El encargado dijo que eso no era posible. Martínez se dio vuelta  y miró a Carlos que venía unos pasos atrás. Carlos le dijo algo al oído al encargado, quien se sonrojó.
Unos segundos después sonaba la sinfonía nro. 25, su preferida.
Miranda estaba enferma. Desde hacía dos años. Comenzó por olvidarse la comida en el horno. Ya no jugaba a su juego preferido de cartas. Se excusaba con pequeñas mentiras pero Astrid y ella sabían la verdad: no recordaba los juegos jugados y ya comenzaba a olvidarse las reglas. Tenía largos periodos de extraordinaria lucidez, pero caía en profundo pozos en los que repetía preguntas, desconocía a vecinos, no atendía el teléfono y se enojaba sin razón. Miranda vivía sola desde que su matrimonio acabase, unos años atrás y sus hijos se casase, uno, y viajase, el otro, a perfeccionarse al exterior. Astrid pasaba todos los días por su casa, charlaban, se reían, muchas veces, pero, muchas veces también, era víctima de los enojos de su mejor amiga, su amiga de toda la vida.
Enrique Martínez movía con sus dedos los dos hielos dentro de su vaso con Gentleman Jack.
¿Por qué me contás esto, Astrid?
Te lo cuento por una sencilla razón, Enrique: Porque hace varios años atrás, Miranda me hizo prometerle algo: “Si algo me pasa, avisale a Enrique”
Y aquí estoy, cumpliendo la promesa.
Los ojos de Astrid se llenaron de lágrimas.
“Perdóname, Enrique, perdonala”, dijo , ya entre sollozos.
¿Perdonarte?, ¿ Por qué? ¿Perdonarla?, ¿ Por qué?
Porque debí convencerla, Enrique, debí convencerla. Cuando ella te llamó diciéndote que no podía seguir viéndote, discutimos fuertemente. Le dije que estaba loca. Le pregunté cuanto tiempo había pasado de su vida recordándote, y ahora que estaban juntos…Le grité: ¿Cuánto hace que no te sentías como estos meses, Miranda? Ella solo se tapó la cara con sus manos y luego empezó a llorar como nuca antes la había visto llorar. ¡Y mirá que nos conocemos desde chicas, Enrique! Me habló de sus hijos, de su esposo…lo mismo que me dijo que te había dicho a vos…Y yo le pregunté: “¿Y vos, Miranda?  ¿Y vos? ¿ Cuando vas a pensar en vos?
Pero yo debí, insistir, Enrique, debí haberla convencido…
Enrique Martínez se paró, corrió una silla a su lado y la abrazó, sin decir palabra.
Astrid le contó que hacía seis meses la habían trasladado a un geriátrico de la zona norte, después de que se olvidase la llave de gas abierta.
Enrique Martínez se quedó callado unos minutos. La miró a Astrid y le dijo: Me voy a encargar de algunas cosas, Astrid. Va a correr todo por mi cuenta, pero voy a necesitar que aparezcas vos como la persona que las financia. Ya encontraremos la excusa. No quiero ,a estas alturas, problemas familiares de ningún tipo.
¿Te puedo hacer una pregunta, Astrid?, dijo Martínez mientras salían a la calle.
Astrid asintió con la cabeza,y lo miró, aun con sus ojos rojos.
¿Sabe Miranda que aquella vez fuiste vos la que me contactaste?
"Si, Claro".
"Contáme".
Su primera reacción, típica en Miranda , fue enojarse. Estuvo casi un mes sin hablarme. Luego de encontrarte, se apareció una tarde en casa , sin aviso previo, me abrazó, me dio un beso y me dijo:¿Cómo voy a hacer para agradecerte?¿Cómo? Después de esa tarde, cada vez que nos veíamos, reía, se acercaba y me decía, bajito, al oído: "Gracias"




Trasladaron  a Miranda al mejor instituto del país, no muy lejos de la zona en el que estaba. Era un conjunto de pequeñas cabañas con toda la tecnología para estos casos. Cocinas eléctricas,  cámaras de monitoreo, sensores para cada situación que se pudiese presentar  y, sobre todo, un equipo humano que aportaba calidez, se acercaba a cada uno de los pacientes varias veces durante el día preguntando o, simplemente, compartiendo un momento. Un gran parque con senderos comunicaban las cabañas y llevaban al gimnasio, a la pileta, al salón de reuniones. Se daban clases de todo tipo: baile, idiomas, juegos, pintura…

Enrique Martínez llegó a las seis de la tarde, un lunes. Prefirió que Carlos lo deje en la puerta e ingresar caminando. Preguntó en la recepción lo que ya sabía: cabaña “Lila” .Las cabañas tenían nombres de flores. “Es aquella”, le señalo una joven de lentes.
Caminó despacio. Llevaba en sus manos un ramo de fresias. Golpeó la puerta, suavemente. Al abrir la puerta, volvió a ver a la mujer hermosa que siempre soñó. Su nerviosismo se esfumó al verla sonreír y escuchar:¡Enrique! Se abrazaron fuertemente durante un tiempo que le pareció infinito. Notó que Miranda no quería disolver aquel abrazo. La tomó de la cintura y con la otra mano buscó su mano y entrecruzó sus dedos. Estuvieron hablando largamente sobre su pasado, aquel lejano, lejanísimo de la adolescencia y el otro, más cercano, del reencuentro. Ella lo hacía con soltura y con agrado, y el disfrutó cada instante.
Al despedirse, Enrique Martínez apoyó sus labios sobre su mejilla y ella, corrió su cara en búsqueda de su boca. Cerró sus ojos y olió su perfume.
Quedó en pasar al otro día y notó la alegría en su cara.
De vuelta a su casa, Martínez le comentó a su chofer lo bien que la había encontrado y pensó si no se habrían equivocado sus médicos en el diagnostico.

Llegó  a la cabaña “Lila”, a la tarde siguiente y golpeó la puerta. Miranda abrió la puerta, lo abrazó fuertemente, sin querer soltarlo, y hablaron de los mismos temas, con –casi- las mismas palabras del día anterior. Largas tardes en las que, acostados en el amplio sillón de la sala, él le leía el mismo tramo de su libro preferido, mientras sonaba ,claro, el mismo tema
Fueron dos años en los que Enrique Martínez concurrió a la cabaña “Lila”, a reproducir como ante un espejo la tarde anterior. Un espejo en el que Enrique Martínez se veía reflejado abrazado a la mujer que nunca dejaría de amar.


Miranda murió una tarde de septiembre.

Enrique Martínez miraba, desde lejos,sentado en un viejo banco de piedra, bajo un árbol que supo roble, como su familia y amigos la despedían. Vio como Astrid giró su cabeza, lo miró y agitó su mano. Un pájaro, brillante y negro, revoloteó y se detuvo junto a él , en el extremo del banco.

Fue entonces, mientras olía la imperiosa fragancia de los eucaliptos, y el sol se ponía tras las figuras recortadas de las personas que se alejaban, que Enrique Martínez  se sintió tan solo y tan triste como jamás se había sentido.



                                                                       








Cuando, al fin,
inesperadamente
encontrar.
Y el sol que brillaba
Y el miedo
Ya se van,
Queda todo lo bueno.
Ni siquiera hurgando
Encuentro el dolor
de lo que ya no es.
Solo el brillo de ser.