Pidió sus
vacaciones a disgusto. Era una máquina de trabajar. Lo que él percibía como un
mandato familiar, se había transformado, con el tiempo, en un disfrute. Pero
debía hacerlo. Incluso su médico, a quien conocía desde su juventud, le había
dicho más de una vez: "Dejáte de joder, Julián, pará la máquina...¿o
querés que la máquina se pare sola?
" la broma del doctor resultó lo suficientemente intimidante como para
que, al día siguiente, hiciera la reserva.
Iría a la
costa, a un pueblito chico, Ostende. Había leído que allí se había hospedado
alguna vez Saint Exupery, y que mantenían la habitación en la que él había
estado en perfectas condiciones.
Se levantó
temprano, sin despertador, tomó el bolso
que había preparado la noche anterior y fue hasta el café de siempre. Ojeó, más que hojeó, el diario sin advertir
que era del día de ayer. Pidió la cuenta y subió al auto. Aunque era un viaje corto, en la semana le había hecho los controles de
rutina. Un amortiguador dañado casi lo
saca de presupuesto.
Tardó más en
salir de la ciudad que lo que tardaría en llegar a Ostende. Se alegró,
tibiamente, de escapar de esa especie de
selva en la que se había transformado la ciudad que tanto amaba. Estaban
frescos en su memoria los días en los que la ciudad tenía un ritmo más lento,
más pueblerino. Días en los que se podía ir al centro sin que esto se
transforme en un suplicio. Casi no se podía estacionar, caminar era más una
carrera con obstáculos, en los que los obstáculos eran la gente y él mismo lo
era de los otros. Colas interminables para lo que fuese y, sobre todo, esa sensación de que algo
pasaría. Que nada bueno pasaría : una
discusión, una alarma que suena, las
caras generalmente serias de la gente. Había que buscar en las caras de los jóvenes
( y cada vez más jóvenes ) las caras con sonrisas.
El trayecto
fue tranquilo, solo interrumpido por una detención policial de rutina. Carné, seguro,
patente. Todo en orden. Hasta luego, Sr. Hasta luego.
Se había
propuesto no recordarla, sin embargo, él sabía que fracasaría . Aun seguía
amándola y, por lo tanto, ella no era un recuerdo. Ella era , aun, presente.
Intolerable presente. De manera que se resignó a encontrarla a cada momento, en
cada rincón, no importa a donde fuese.
Se registró
en el hotel. Lo recibió un muchacho joven y amable. Le entregó la llave y él le
dio su propina pidiéndole que no se moleste en acompañarlo a la habitación. El
muchacho le dijo que tenía orden de hacerlo. Él aceptó pero llevó su bolso él mismo.
En el breve
trayecto a su habitación comprobó haber hecho una buena elección: era un pequeño,
limpio y acogedor hotel. Su habitación -la 28- tenía las paredes pintadas en un
suave ocre que hacía juego con el
acolchado y las cortinas. Descorrió una de ellas y se encontró con una vista hermosa : unos médanos
cubiertos casi en su totalidad por pinos, un sendero hecho con rodajas de
árboles que llevaba desde el hotel hacía la playa y al fondo, claro, el mar. A
esa hora, las tres de la tarde, los rayos del sol desprendían brillo de la
arena y del mar. El plateado del mar semejaba
un espejo quieto y enorme.
Acomodó sus
cosas sin apuro. Sus camisas y pantalones fueron colgados prolijamente en
perchas. Algunos cosméticos, (sabía que los hoteles proveían algunos, pero
prefirió llevar los propios), quedaron en un pequeño nécessaire.
Se vistió
con unos bermudas y ojotas y bajó a caminar. Le recibió la llave una mujer de
pelo recogido y ojos oscuros como si dentro de ellos ya fuese de noche.
¿El señor
viene a cenar?
Recordó en
ese momento que, a la vieja usanza, el hotel ofrecía dentro de su tarifa, pensión completa.
Sí, claro.
¿A partir de qué hora es la cena?
De las
nueve, señor.
Muchas
gracias.
Caminó por
el sendero de rodajas y disfrutó de la fragancia de los pinos, inhalando
profundamente.
Haberse
tomado las vacaciones en diciembre,
cuando la mayoría de los turistas aun no habían llegado, le permitía
disfrutar del silencio. Los pájaros, su piar, sus aleteos, el invisible moverse
entre las ramas, y el rumor infatigable del mar parecían ser sus únicos
acompañantes. Se acercó hasta la orilla y dejó sus ojotas allí, fuera del alcance de las olas. Caminó por la
orilla, con el sol casi a sus espaldas, sintiendo el agua, fría, que mojaba sus pies. La arena ,gruesa y áspera, le raspaba y proporcionaba un suave y placentero dolor, valga el oxímoron. Tuvo que volver muchos
años atrás para revivir una sensación similar. Quizás, con sus hermanos, en las
numerosas tardes, allí, en Mar del plata.
Recordó, también, una extraña noche en la que, tomados de la mano, caminaron por
la arena, a la luz de una luna amarilla, con una mujer con la que se amaron
locamente en una época en la que uno aun podía hacer cosas locamente. Él
sonreía con estos recuerdos, mientras caminaba, divisando, no muy lejos, una
especie de pequeño muelle.
Unos minutos
después comenzó a subir unos escalones de madera gastada. Al llegar al último,
vio que en el extremo del muelle había un viejo pescando. Se acercó lentamente.
No sabía pescar, por lo que había
desarrollado un excesivo cuidado con respecto al silencio que uno debe hacer
estando pescando, temiendo ahuyentar a los peces. El viejo escuchó el rechinar
de un viejo tablón y se dio vuelta. Le sonrío y levantó, en un gesto que le pareció extraído de alguna vieja película, su desteñida gorra con
un ancla bordada. Se paró al lado del viejo, mirando el mar, que seguía quieto como piedra, piedra esmeralda.
Había dejado
el reloj en el hotel, por lo que no pudo calcular cuánto tiempo estuvo
allí, viendo al viejo pescar. Durante
todo el tiempo, éste estuvo parado, pese a disponer de un banquillo a su
lado, alternando su mirada entre el
horizonte y el punto en el cual la línea de pescar se hundía en el mar. En
ningún momento se hablaron. Cada tanto,
el viejo sentía su caña temblar y comenzaba su aflojar y tirar, suave,
casi mecánicamente, hasta que el pez
surgía del mar, apenas moviéndose, vencido.
El viejo lo tomaba y, con una delicadeza inusual, retiraba el anzuelo y
lo colocaba en un balde lleno de agua,
en lo que él supuso, sería un gesto de piedad.
El sol se
fue corriendo lentamente - todo en este lugar parecía pasar lentamente- y
comenzó a suavizar su castigo, casi escondiéndose, tiñéndo la tarde de naranja. El viejo recogió su
caña, guardó todos sus elementos en una
despintada caja de metal, tomó el balde y devolvió todos los peces -unos diez -
al mar. Repitió el gesto con la gorra y se alejó por el muelle. Julián se recostó en la baranda, mirándolo, hasta
que lo perdió de vista, detrás de un médano. Y comenzó a caminar, con sus pies
en el agua siempre fría,siempre áspera, de vuelta al hotel.
Se dio un
baño que no sólo lo refrescó, sino que
lo relajó sobremanera. La antigua ducha
arrojaba el agua a gran presión y esta pegaba sobre su cabeza y sus hombros,
provocándole un extraño placer. Se prometió conseguir una ducha parecida para
su casa, cuando volviese.
Bajó al
comedor a las nueve y diez. El lugar era,
como todo el hotel, pequeño y acogedor.
El piso de madera, al igual que las mesas. Las paredes, blancas, tenían
colgados unos cuadros con fotos antiguas del lugar, en blanco y negro. Todas las mesas tenían
unos manteles impecables sobre los cuales resaltaba una antigua vajilla.
Se sentó en
una mesa contigua a la ventana, con
vista al mar, privilegio -pensó - de haber venido temprano.
Unos minutos
después se acercó a su mesa la joven que había visto a la tarde, a la que le
dejó la llave. Le preguntó por la bebida
y demás. Ahora podía verla de cuerpo entero,
ya que a la tarde estaba detrás del mostrador de la recepción. Era
preciosa. Podía advertirse su belleza aun vistiendo el uniforme que no la
favorecía.
La comida (al
menos así parecía en la carta) era simple y sabrosa, a tono con el hotel.
Durante la
cena se ocuparon unas cuatro mesas, todas por parejas. Miró detenidamente a
cada una de ellas. Un aura de seducción las rodeaba. Eran voluntarios partícipes de un delicioso ritual.
Galantería de parte de ellos: ayudándoles a quitarse alguna prenda, corriendo
su silla, llenando sus copas... Ellas
respondiendo con su atracción animal: moviendo su cabeza, una de ellas, dejando
que su cabello se mueva. Sonriendo, todas. O,
simplemente, mirando a los ojos.
Profunda, quirúrgicamente.
La joven se
acercó con la bebida: un pinot noir que a él le extrañó encontrar en la carta. Le
sirvió, correctamente, hasta la mitad de
la copa. (”hasta el Ecuador de la copa", tal como había aprendido en una
reunión de sommeliers)
Lo
disfrutó, llevándolo hasta el final de
su boca y dejándolo unos segundos allí, antes de tragarlo.
También
disfrutó de la comida a la que confirmó como simple y deliciosa.
Al retirar
los últimos platos, la joven le regaló una sonrisa, mientras le ofrecía un café.
“no servimos café, pero como está usted solo, si quiere..."
Julián no
había advertido que las parejas que ocupaban las mesas contiguas se habían
retirado.
"Si,
claro, me encantaría”
Unos minutos
después, la joven se acercó con el café
y lo apoyó en la mesa.
Se
sorprendió a si mismo preguntándole:
"¿Hace
mucho que trabaja aquí?”
"Soy la
dueña ", le contestó, sonriendo.
Él debió
sonrojarse, porque ella, ya no
sonriendo, sino riendo, le dijo:" No te preocupes, es normal"
Julián
advirtió el tuteo y un cosquilleo recorrió su cuerpo.
Envalentonado, le dijo:" entonces, si sos la
dueña, Podés quedarte a tomar un café, conmigo "
Rieron al
unísono y siguieron haciéndolo, durante el café y durante el whisky que él le
pidió y que ella le sirvió.
Al día
siguiente, él le pidió que lo acompañase a ver la habitación de Saint Exupery. El hotel quedaba cerca a unos dos kilómetros, también entre los médanos, por lo que fueron
caminando, contándose sus vidas.
Durante la
semana que Julián estuvo en Ostende, jamás se acordó del trabajo, ni de su casa, ni de su dolor de espaldas.
Tampoco se
acordó de ella.
Al
regresar, renunció a su trabajo, puso en
venta su casa, sus muebles y todo aquello que no fuese a utilizar, allí donde iba.
En Ostende
necesitaban un empleado para mantenimiento. Plomería, electricidad, pintura…esas
cosas. Él mucha idea no tenía, pero -pensó mientras acomodaba la ultima caja en el
auto- habrá que darse maña, como decía
su abuela.

