sábado, 28 de diciembre de 2013

Maña



Pidió sus vacaciones a disgusto. Era una máquina de trabajar. Lo que él percibía como un mandato familiar, se había transformado, con el tiempo, en un disfrute. Pero debía hacerlo. Incluso su médico, a quien conocía desde su juventud, le había dicho más de una vez: "Dejáte de joder, Julián, pará la máquina...¿o querés  que la máquina se pare sola? " la broma del doctor resultó lo suficientemente intimidante como para que, al día siguiente, hiciera la reserva. 
Iría a la costa, a un pueblito chico, Ostende. Había leído que allí se había hospedado alguna vez Saint Exupery, y que mantenían la habitación en la que él había estado en perfectas condiciones.




Se levantó temprano, sin despertador,  tomó el bolso que había preparado la noche anterior y fue hasta el café de siempre.  Ojeó, más que hojeó, el diario sin advertir que era del día de ayer. Pidió la cuenta y subió al auto.  Aunque era un viaje corto,  en la semana le había hecho los controles de rutina.  Un amortiguador dañado casi lo saca de presupuesto.
Tardó más en salir de la ciudad que lo que tardaría en llegar a Ostende. Se alegró, tibiamente,  de escapar de esa especie de selva en la que se había transformado la ciudad que tanto amaba. Estaban frescos en su memoria los días en los que la ciudad tenía un ritmo más lento, más pueblerino. Días en los que se podía ir al centro sin que esto se transforme en un suplicio. Casi no se podía estacionar, caminar era más una carrera con obstáculos, en los que los obstáculos eran la gente y él mismo lo era de los otros. Colas interminables para lo que fuese y,  sobre todo, esa sensación de que algo pasaría.  Que nada bueno pasaría : una discusión,  una alarma que suena, las caras generalmente serias de la gente. Había que buscar en las caras de los jóvenes ( y cada vez más jóvenes ) las caras con sonrisas.

El trayecto fue tranquilo, solo interrumpido por una detención policial de rutina. Carné, seguro, patente. Todo en orden. Hasta luego, Sr. Hasta luego.

Se había propuesto no recordarla, sin embargo, él sabía que fracasaría . Aun seguía amándola y, por lo tanto, ella no era un recuerdo. Ella era , aun, presente. Intolerable presente. De manera que se resignó a encontrarla a cada momento, en cada rincón, no importa a donde fuese.



Se registró en el hotel. Lo recibió un muchacho joven y amable. Le entregó la llave y él le dio su propina pidiéndole que no se moleste en acompañarlo a la habitación. El muchacho le dijo que tenía orden de hacerlo. Él aceptó  pero llevó su bolso él  mismo.
En el breve trayecto a su habitación comprobó haber hecho una buena elección: era un pequeño, limpio y acogedor hotel. Su habitación -la 28- tenía las paredes pintadas en un suave ocre que hacía juego con el  acolchado y las cortinas. Descorrió una de ellas  y se encontró con una vista hermosa : unos médanos cubiertos casi en su totalidad por pinos, un sendero hecho con rodajas de árboles que llevaba desde el hotel hacía la playa y al fondo, claro, el mar. A esa hora, las tres de la tarde, los rayos del sol desprendían brillo de la arena y del mar. El plateado del mar semejaba  un espejo quieto y enorme.
Acomodó sus cosas sin apuro. Sus camisas y pantalones fueron colgados prolijamente en perchas. Algunos cosméticos, (sabía que los hoteles proveían algunos, pero prefirió llevar los propios), quedaron en un pequeño nécessaire.
Se vistió con unos bermudas y ojotas y bajó a caminar. Le recibió la llave una mujer de pelo recogido y ojos oscuros como si dentro de ellos ya fuese de  noche.
¿El señor viene a cenar?
Recordó en ese momento que, a la vieja usanza, el hotel ofrecía dentro de su tarifa,  pensión completa.
Sí, claro. ¿A partir de qué hora es la cena?
De las nueve, señor.
Muchas gracias.

Caminó por el sendero de rodajas y disfrutó de la fragancia de los pinos, inhalando profundamente.
Haberse tomado las vacaciones en diciembre,  cuando la mayoría de los turistas aun no habían llegado, le permitía disfrutar del silencio. Los pájaros, su piar, sus aleteos, el invisible moverse entre las ramas, y el rumor infatigable del mar parecían ser sus únicos acompañantes. Se acercó hasta la orilla y dejó sus ojotas allí,  fuera del alcance de las olas. Caminó por la orilla, con el sol casi a sus espaldas, sintiendo el agua, fría,  que mojaba sus pies. La arena ,gruesa y áspera, le raspaba y proporcionaba un suave y placentero dolor, valga el oxímoron. Tuvo que volver muchos años atrás para revivir una sensación similar. Quizás, con sus hermanos, en las numerosas tardes, allí, en Mar del plata.  Recordó, también, una extraña noche en la que, tomados de la mano, caminaron por la arena, a la luz de una luna amarilla, con una mujer con la que se amaron locamente en una época en la que uno aun podía hacer cosas locamente. Él sonreía con estos recuerdos, mientras caminaba, divisando, no muy lejos, una especie de pequeño muelle.

Unos minutos después comenzó a subir unos escalones de madera gastada. Al llegar al último, vio que en el extremo del muelle había un viejo pescando. Se acercó lentamente. No sabía pescar,  por lo que había desarrollado un excesivo cuidado con respecto al silencio que uno debe hacer estando pescando, temiendo ahuyentar a los peces. El viejo escuchó el rechinar de un viejo tablón y se dio vuelta. Le sonrío y levantó, en un gesto que le pareció extraído de alguna vieja película, su desteñida gorra con un ancla bordada.  Se paró al lado del viejo, mirando el mar, que seguía quieto como piedra, piedra esmeralda.
Había dejado el reloj en el hotel, por lo que no pudo calcular cuánto tiempo estuvo allí,  viendo al viejo pescar. Durante todo el tiempo, éste estuvo parado, pese a disponer de un banquillo a su lado,  alternando su mirada entre el horizonte y el punto en el cual la línea de pescar se hundía en el mar. En ningún momento se hablaron. Cada tanto,  el viejo sentía su caña temblar y comenzaba su aflojar y tirar, suave, casi mecánicamente,  hasta que el pez surgía del mar,  apenas moviéndose,  vencido.  El viejo lo tomaba y, con una delicadeza inusual, retiraba el anzuelo y lo colocaba en un balde lleno de agua,  en lo que él supuso, sería un gesto de piedad.
El sol se fue corriendo lentamente - todo en este lugar parecía pasar lentamente- y comenzó a suavizar su castigo, casi escondiéndose,  tiñéndo la tarde de  naranja. El viejo recogió su caña,  guardó todos sus elementos en una despintada caja de metal, tomó el balde y devolvió todos los peces -unos diez - al mar. Repitió el gesto con la gorra y se alejó por el muelle.  Julián se  recostó en la baranda, mirándolo, hasta que lo perdió de vista, detrás de un médano. Y comenzó a caminar, con sus pies en el agua siempre fría,siempre áspera,  de vuelta al hotel.




Se dio un baño que no sólo lo refrescó,  sino que lo relajó sobremanera.  La antigua ducha arrojaba el agua a gran presión y esta pegaba sobre su cabeza y sus hombros, provocándole un extraño placer. Se prometió conseguir una ducha parecida para su casa, cuando volviese.

Bajó al comedor a las nueve y diez. El lugar era,  como todo el hotel,  pequeño y acogedor. El piso de madera, al igual que las mesas. Las paredes, blancas, tenían colgados unos cuadros con fotos antiguas del lugar,  en blanco y negro. Todas las mesas tenían unos manteles impecables sobre los cuales resaltaba una antigua vajilla.
Se sentó en una mesa contigua a la ventana,  con vista al mar, privilegio -pensó - de haber venido temprano.
Unos minutos después se acercó a su mesa la joven que había visto a la tarde, a la que le dejó la llave.  Le preguntó por la bebida y demás. Ahora podía verla de cuerpo entero,  ya que a la tarde estaba detrás del mostrador de la recepción. Era preciosa. Podía advertirse su belleza aun vistiendo el uniforme que no la favorecía.

La comida (al menos así parecía en la carta) era simple y sabrosa, a tono con el hotel.
Durante la cena se ocuparon unas cuatro mesas, todas por parejas. Miró detenidamente a cada una de ellas. Un aura de seducción las rodeaba.  Eran voluntarios partícipes de un delicioso ritual. Galantería de parte de ellos: ayudándoles a quitarse alguna prenda, corriendo su  silla, llenando sus copas... Ellas respondiendo con su atracción animal: moviendo su cabeza, una de ellas, dejando que su cabello se mueva. Sonriendo, todas. O,  simplemente,  mirando a los ojos. Profunda, quirúrgicamente.


La joven se acercó con la bebida: un pinot noir que a él le extrañó encontrar en la carta. Le sirvió, correctamente,  hasta la mitad de la copa. (”hasta el Ecuador de la copa", tal como había aprendido en una reunión de sommeliers)
Lo disfrutó,  llevándolo hasta el final de su boca y dejándolo unos segundos allí, antes de tragarlo.
También disfrutó de la comida a la que confirmó como simple y deliciosa.


Al retirar los últimos platos, la joven le regaló una sonrisa,  mientras le ofrecía un café.
 “no servimos café,  pero como está usted solo, si quiere..."
Julián no había advertido que las parejas que ocupaban las mesas contiguas se habían retirado.
"Si, claro, me encantaría”
Unos minutos después,  la joven se acercó con el café y lo apoyó en la mesa.
Se sorprendió a si mismo preguntándole:
"¿Hace mucho que trabaja aquí?”
"Soy la dueña ",  le contestó,  sonriendo.
Él debió sonrojarse,  porque ella, ya no sonriendo,  sino riendo,  le dijo:" No te preocupes,  es normal"
Julián advirtió el tuteo y un cosquilleo recorrió su cuerpo.
Envalentonado,  le dijo:" entonces, si sos la dueña,  Podés  quedarte a tomar un café,  conmigo "
Rieron al unísono y siguieron haciéndolo, durante el café y durante el whisky que él le pidió y que ella le sirvió.

Al día siguiente, él le pidió que lo acompañase a ver la habitación de Saint Exupery.  El hotel quedaba cerca a unos dos kilómetros,  también entre los médanos, por lo que fueron caminando, contándose sus vidas.



Durante la semana que Julián estuvo en Ostende, jamás se acordó del trabajo,  ni de su casa, ni de su dolor de espaldas.

Tampoco se acordó de ella.





Al regresar,  renunció a su trabajo, puso en venta su casa, sus muebles y todo aquello que no fuese a utilizar,  allí donde iba.

En Ostende necesitaban un empleado para mantenimiento. Plomería, electricidad, pintura…esas cosas.  Él mucha idea no tenía,  pero  -pensó mientras acomodaba la ultima caja en el auto- habrá que darse maña,  como decía su abuela.