Comenzó de a poco, apenas una molestia. Había ido a jugar al fútbol y lo primero que pensé fue: Es un golpe, ya se me va a pasar.
Una semana
después, seguía sintiendo esa molestia a la que se resistía en ponerle el
nombre de dolor. Me masajeaba un poco, suavemente, mientras trabajaba, mientras
manejaba y la molestia desparecía.
Tomé los
analgésicos de rigor. La molestia se fue.
Tres meses
después, sonó el despertador, como cada mañana, me restregué los ojos, como cada
mañana, y tomé impulso para incorporarme en la cama.
Grité tan fuerte
como pude, Sin pensarlo, sin desearlo. Un dolor punzante me atravesaba. Allí
mismo, donde aquella molestia.
Esperé unos
minutos, respirando profundo, intentando relajarme y esperando que el dolor
cediera. Unas gotas de sudor frío me acompañaron unos quince minutos, hasta que
pude incorporarme, trabajosamente, y
llegar al baño.
Me di una ducha
y me hice una promesa: Esta tarde voy al médico.
Esperé a que se
hiciese media mañana, hasta que llegase la secretaria, Marita, eterna, impecable. Llamé por teléfono Hola, Marita. ¿Cómo andás? ¿Bien? Me alegro. ¿Tendrás un turno? ¿Cómo que para
cuando? ¡Para hoy! Marita me adoraba, decía que le hacía acordar al
sobrino. Marita era soltera. Solterona, diría mi tía Maruja.
Bueno, veníte a
eso de las cinco que te hago un lugarcito.
No sentí ningún
dolor durante toda la mañana y pensé: ¡Típico! ¡Cómo el ruidito en el auto que
nos vuelve locos y que cuando vamos al mecánico no aparece!
Al salir del
trabajo, llevando varios paquetes entre manos, se me cayeron las llaves y al
agacharme a buscarlas volvió el dolor, aguja, otra vez. Extrañamente me alegré.
Ya sé que decirle al tordo, pensé. Acá, justo acá, me decía en voz baja,
mientras me tocaba.
Me tomé un café a
unas cuadras del consultorio, solo para hacer tiempo. Me senté en la vereda y
cerré los ojos un instante. Inspiré. El olor de los tilos me llenó. Sonreí.
Media hora
después esperaba el ascensor. Hola, Marita. ¿Todo bien? Me pareció repetir la
pregunta de la mañana. Sí, todo bien…Sentáte que el doctor ya te atiende.
El Doctor se
llamaba Andrés. Habíamos sido compañeros de estudios, en la secundaria, con los
salesianos. Primero me había hecho atender por Jacinto, el papá de Andrés. Hasta
que se jubiló. Fue algo natural. Me jubilo, nene, me dijo. Pero quedáte
tranquilo, Andresito es un excelente doctor.
Ya hacia veinte
años que me atendía con Andrés. Me conocía de memoria, cada capricho, cada
temor.
Esperé apenas
cinco minutos, como me dijese
Marita. La puerta se abrió, y Andrés, me dice: Pasá, Gery. Andrés era uno
de los pocos a los que le permitía llamarme por el diminutivo de mi nombre, Gerardo,
que tanto odiaba.
Apenas me senté,
advertí que el color de las paredes era un verde seco diferente al amarillo
maíz que recordaba. Se lo dije a Andrés. Eso significa que hace un montón que
no venias…pintamos hace año y medio, me contestó.Me hizo subir a la balanza,
mientras me preguntaba que me pasaba. Me duele acá. Me señaló la camilla. Me acosté odiando el frío de la helada cuerina. ¿Acá? Me dijo,
mientras apretaba suavemente con sus manos. ¡Sí! ¡Ahí! Dije, casi gritando.
Al finalizar la revisación, había
algo que se salía de la rutina: su cara. ¿Qué pasa, Andrés? Nada, Gery, te voy
a pedir unos chequeos. Rutina, nada raro. ¿Una resonancia magnética? Si, Gery.
Ahí se ve todo claro, quedáte tranquilo. Yo no entendía bien que era lo que
había que ver claro y no me quedé tranquilo.
La resonancia demoró menos de lo pensado o eso me pareció ,
ya que me quedé dormido apenas empezó lo que ,al decir de los doctores que lo
acompañaban en ese momento sería :”un ruido muy fuerte”.
Vamos a tener los resultados el martes por
la tarde, me dijo una rubia demasiado maquillada que estaba en la recepción.
Perfecto, le contesté.
El martes no pude pasar, lo hice recién el
jueves. Retiré el sobre gigante con los resultados y fui para el consultorio de
Andrés.
Cuando entré, Marita me recibió con un “Hola”,
corto, seco. Tendrá un mal día, pensé.
Apenas unos minutos después, Andrés abrió
la puerta y me llamó.
Evitó mirarme durante varios
segundos, tomaba la lapicera y jugaba con ella, agarró el sobre con los
resultados y lo corrió a un costado, tamborileaba los dedos. Finalmente, me miró y me dijo: Te vas a morir, Gery. Lo dijo suavemente, casi con compasión,
con su cara tan blanca como su guardapolvo.
Me pasaron los resultados por mail, el martes. Llamé a varios colegas. Todos
coinciden. Tenés un tumor en tu cerebro, inoperable. Lo que te duele es la metástasis. Depende del
crecimiento…
Lo miré unos segundos antes de hablar, tratando
de contener un temblor que me subía por las piernas.
¿Cuánto me queda, Andrés?
Te decía, depende del crecimiento, pero en
base a la experiencia en tumores similares, no más de tres meses, cuatro, a lo
sumo.
¿Me va a doler?
Poco, tratable con analgésicos.
Andrés se paró, se agacho para abrazarlo y
se largó a llorar.
En una situación inaudita, se encontró
consolándolo, él al doctor, diciéndole que así es la vida mientras palmeaba su espalda.
Te dejo el sobre, le dijo al doctor,
señalándole los resultados. ¿No querés tomar otra consulta?, LLevátelos. No, ya lo hiciste vos...suficiente.
Me paré. Está todo bien, terminé diciendo en el colmo del contrasentido.
Me paré. Está todo bien, terminé diciendo en el colmo del contrasentido.
Saludé con la mano a Marita quien, sin
levantar la vista, me devolvió el saludo.
Salí a la vereda y miré hacia el cielo.
Celeste absoluto. Era fin de agosto y una incipiente primavera dejaba ver soles
y verdes.
Caminé unas cuadras sin rumbo, pero no
perdido. Extrañamente tranquilo, planeando el escaso futuro.
Me subí al auto, encendí primero la música, luego el motor y conduje hacia mi casa.
Las siguientes dos semanas las pasé organizando una reunión. Utilizaría como excusa mi cumpleaños, aunque me costaría justificarme ante mi familia, ya que no solía realizar reuniones para
ello. Invité a mis amigos, unos veinte, de épocas diferentes, pero a los que
consideraba profundamente. Mi familia, claro. Compañeros de trabajo. Algunos
integrantes del equipo de fútbol de mi infancia, a quienes solía ver. Había un
denominador común: no había ningún invitado de compromiso. Me preocupé en no olvidarme
de nadie. Mandé mails y pedí por favor asistencia perfecta.
Sería un domingo, al mediodía.
El salón contratado para la ocasión era
una cabaña muy grande ,con ventanales amplios y una hermosa vista a un gran
espacio verde perfectamente cuidado. A lo lejos un molino en perfecto estado.
La asistencia fue perfecta, unas cincuenta
personas. Fuí saludando a todos, uno a uno, recordando anécdotas, riendo,
invitándoles una copa de vino o lo que quisieran tomar.
Una asistente del lugar se acercó y me dijo al oído que ya estaban todos.
Me subí a una pequeña tarima, desde la
cual veía todas y cada una de las caras y tomé un micrófono que estaba allí,
apoyado sobre una mesita. Lo golpeé un par de veces, como había visto que hacia
la gente que usaba esos aparatos. Yo jamás había usado uno.
Agradezco a todos por venir, amigos,
amigas, familia…Hoy es mi cumpleaños número 45 un numero bastante redondo.
Hubiese esperado a los cincuenta, créanme. Pero no va a poder ser.
Hace un mes me dieron unos resultados
médicos. Me voy a morir en un par de meses más.
Miró a su hijo que tenia la misma cara que
Andrés, aquel día. No se detuvo.
Y quería que estén todos, aquí, hoy,
porque quiero que sepan que son la gente que más quiero. Y como son la gente que
más quiero, necesito decirles que en estos meses solo quiero sonrisas. Y buen
trato. Nada de enojos ni peleas. No más recriminaciones ni retos.
Quiero tratar bien y que me traten bien.
Quiero amar y que me amen.
No quiero llantos. Si quieren llorar,
háganlo a mis espaldas.
A ustedes los que me quieren les pido que
me mientan, que me mientan mucho.
Pongan su mejor cara, aun sin ganas. Miéntanme,
repitió.
Los errores cometidos ya no existen, ni
existirán. Estos meses serán un recorrido de sonrisas y de abrazos. Y de besos.
Comeremos la mejor comida y beberemos la mejor bebida.
Recordaremos anécdotas e inventaremos otras.
Voy a pasar por tu casa, Raúl, y voy a
aceptar esos feos mates que preparas y me van a gustar, créeme.
Miró a su mujer, con su maquillaje corrido
por las lágrimas que intentaba controlar.
Al gordo Oscar, que era de piedra, le
galopaba el pecho.
El flaco Pérez se había dado vuelta y miraba al molino como quien mira nada.
Hice un último recorrido visual desde la tarima, me acerqué al micrófono y dije: Se enfría la comida.
Hice un último recorrido visual desde la tarima, me acerqué al micrófono y dije: Se enfría la comida.
Comieron, bebieron y bailaron toda la
tarde. A la nochecita se empezaron a despedir, sin grandes gestos, como
siempre.
Gery se murió durmiendo la siesta, una
tarde de enero.
