domingo, 11 de noviembre de 2012

Abel

(No estaría mal escuchar esto mientras lees.)




No sé si fue porque esta semana falleció el papá de un amigo.
Pudo ser, también, porque esta misma semana, mientras miraba televisión, recién llegado a casa del trabajo, vi como un ex tenista llamado Mariano Zabaleta, realizaba una nota en su Tandil natal. La nota era una mas  -al menos para mí- hasta el momento en el que el ex tenista devenido en periodista, decía: “Y ahora vamos a ir al Club de Rugby en el cual jugaba cuando era chico, allí me crié…”, contaba, incluso, que ya de grande y habiendo cambiado el rugby por el tenis, realizaba allí sus pretemporadas.
La cámara mostraba unas hermosas arboledas y las instalaciones del club, un humilde y a la vez hermoso club de provincia, con su casco de paredes blancas y techos de tejas.
Fue en ese momento, cuando Zabaleta abre la puerta acompañado por la cámara, para entrar al club, que la nota cobró otra dimensión para mí. “Y ahora les voy a presentar al presidente del Club Los Cardos, el  Sr Zabaleta, mi papá.”
La mirada del Zabaleta ex tenista y ahora periodista, hacia ese hombre canoso, sonriente, vestido con un traje marrón, lo decía todo. Amaba a ese hombre. Se abrazaron y siguieron con la entrevista, Zabaleta padre le dirigió unas palabras a la cámara, invitando con suma corrección y amabilidad a la gente a conocer al club y, al finalizar, Zabaleta hijo – a estas alturas el rotulo de hijo es más importante que cualquier otro- dirigiéndose a la cámara dice, orgulloso: “Chupáte esa mandarina”.
Repito, no sé si sensibilizado, quizás, por la experiencia que vivía mi amigo, o por esta magnífica nota, pero sentí, de manera casi física, la falta de mi viejo.
Mi viejo falleció en el 98. Muchos años atrás. El tiempo y la vida misma, que nos obliga a seguir adelante, se encargaron, lentamente el primero, mas rápido la segunda, de crear las asperezas en la piel que hagan que el ardor de su ausencia se sofoque.
Ni el tiempo, con ese esmerilado lento y atroz que todo lo puede, ha podido aun –y no podrá- hacerme olvidar algunas cosas de él.
No olvidaré nunca su ejemplo. Papá murió de cáncer. Un cáncer lento y fatal. Supe siempre –mi madre no quiso concurrir al primer diagnostico del doctor,luego lo supieron mis hermanos- que no había cura para él. Cuatro años.
Sufrí esos cuatro años la no deseada posesión de un secreto de espanto.
¿Cómo alegrarme con las circunstanciales mejorías que arrojaban los análisis?
¿Cómo olvidar las palabras del doctor:”Mirá, Gustavo, lo que dice la pantalla”. La pantalla era la página del Mount Sinaí Hospital, de New York. Me mostraba cosas que no quería leer y mucho menos entender: “Aun no hay nada para curar lo que tiene tu viejo, lo lamento”.
Anduve cuatro años construyendo sonrisas de mentira, palabras que me sonaban huecas. Que sabía huecas.
Nunca escuché a mi viejo quejarse de nada, pese a que el doctor me había dicho que los dolores serian muy fuertes.
Los rayos le quemaron las glándulas salivales. Ya no podía tragar sin acompañar el bocado con un trago de agua. No podía distinguir sabor alguno.
MI padre jamás dejo de salir cada sábado a cenar con su familia.
Las drogas que lo matan todo, fueron debilitándolo. Comenzó a coleccionar gorras, una de las cuales atesoro colgada de una pared.
Me enteré, después de fallecido, que los últimos tiempos no podía cargar con su liviano maletín, desde al auto, hasta su oficina. Un empleado lo hacía por él. Muchas veces coincidíamos en su llegada a su casa. Jamás me pidió que lo ayude con el maletín. Ni con ninguna otra cosa que implicase una preocupación para mí. Seguramente hizo lo mismo con mis hermanos.
Papá fue un hombre honesto y trabajador. Adjetivos no tan comunes hoy en día. Hoy parece ser más importante ser “vivo”, y conocer de atajos y chicanas. A diario vemos personas que ascienden como cometas en la escala social. La lenta subida del trabajo es para los tontos. No importa que en su ascenso se olviden de pagar impuestos, ni que subcontraten personal, tampoco que quiebren sus “empresas”, mientras sus casas mejoran y sus autos son cada vez más veloces.
Papá  me inoculo algunos virus: la puntualidad y la adoración al trabajo. Llegar tarde, faltar al trabajo…palabras inexistentes en su diccionario y, ahora, en el mío.
Cada vez que un momento difícil sobreviene, me resulta inevitable recordarlo.
Cuando, en mi trabajo, la injusticia se hace presente, y me encuentro en la soledad más absoluta, abandonado por todos, se hace presente en mi espejo en las mañanas y me da tranquilidad. Y me enseña a no ser con los demás igual que lo que fueron conmigo. Y me regala dignidad. La que a él le sobraba.
¡Cuánto me hubiese gustado compartir algunos años más con él! Caminar juntos, por la sombra, despacio. Prepararle asados. Destapar botellas. Que conozca a sus nietos.
Cuando al fin, papá murió, sentí un desahogo muy grande. Ya no era vida lo que él vivía. Solo un penoso transcurrir.
Fui a jugar al fútbol el día posterior a su muerte. 
No me daba cuenta aun que comenzaba, en ese exacto momento, la etapa en la que hoy me encuentro y en la que, seguramente, me encontraré: la de extrañarlo.

2 comentarios:

  1. Gustavo: gran texto, movilizador. Te mando un abrazo, Gastón Domínguez (Polo Norte)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias ,Gastón! Acordate de enviarme la direccion de tu blog.
      abrazo!

      Eliminar