sábado, 22 de febrero de 2014

Dedicatoria



Querido Papi:
Te dedico este libro evocando la felicidad
Que sin dudas debes sentir al tener una
Hija tan completa como yo…o no.
S
Por los 20 años 20 de mutua convivencia con mamá
(Realmente un record!)”








Suelo ir a la feria casi  semanalmente, sobre todo en verano, que es cuando la feria funciona con sus puestos  completos y la concurrencia es mayor. El invierno ralea al público, con sus fríos y lluvias y solo quedan en ella algunos sufrientes puesteros, los de siempre.
Antes de pasar a buscar a mi hijo (la feria queda en la esquina) paseo por ella unos minutos, a paso muy tranquilo, mirando cosas mil veces vistas, objetos raros que nunca compraría, otros hermosos, generalmente antiguos, que me transportan a mi niñez y que tampoco compraría. Puestos con vajilla de tiempos idos, carteles de productos que ya no existen, libros…
Suelo detenerme en el puesto de libros. Digo “el” porque hay varios puestos de libros, pero solo uno con un puestero que sabe de libros. Conoce autores y ediciones. Conoce rarezas y, por supuesto, conoce de porquerías. Su puesto tiene muchas de estas. Libros que son un milagro que alguna vez alguien haya editado.
Me detengo allí y lo saludo. Le preguntan por un libro de autoayuda. Una pareja joven. Es ella la que lo consulta. Amablemente le dice el precio. Me mira. Sonríe.
Los tiene acomodados por tema y por autor, en prolijas pilas.
Una vez le pedí un libro en especial, una edición perdida. Miró el reloj y me dijo: ¿Que tenés que hacer a las 6? (eran las cuatro de una tarde hermosa de noviembre), Nada, le contesté. Veníte a esa hora, es cuando me voy.
A las seis menos cinco, cuando llegué, ya había desarmado el puesto casi por completo, sólo algunas pilas quedaban aun, solitarias, sobre los tablones desnudos. Para mi sorpresa, salió de una puerta que estaba al nivel del césped de la plaza.




Esas puertas suelen estar reservadas para que los placeros guarden allí todo lo necesario para el cuidado de la plaza. Eso era lo que yo pensaba de mi época de niño, época en la que el placero era una persona respetada y temida. Un ser extraño, de gesto adusto y enojo en piel. Nos sacaba corriendo cuando jugábamos a la pelota sobre su cespéd (hoy, los chicos tienen canchitas especiales para ello, en durísimo cemento y juegan –dicen ellos- al fútbol).  
Pero de allí salió el librero. Cuando me vio me dijo: Vení, pibe. En estos tiempos en los que se me acumulan dolores y lejos estoy de ser un pibe, suena a dulce que alguien mayor –otra extrañeza: cada vez queda menos gente mayor ,o dicho de otra manera, parece estar lleno el mundo de gente menor...-te diga: pibe. Me acerqué a la puerta, casi escotilla, y vi una escalera y un pasillo. Bajó primero y lo seguí.
Habré contado diez escalones y pude ver un lugar increíble. Increíble que este allí, debajo de donde tantas veces había estado, ignorándolo. (¿Cuántas cosas ignoraremos?) Un lugar inmenso, con múltiples columnas y cables en su techo transportando bombitas eléctricas. No sé porque recordé esas películas de guerra. El lugar tenía mucho de trinchera. Pensar en una trinchera de cultura me pareció fantástico y real a la vez. Cientos, miles de libros, en pilas. El los conocía a todos. Sabía de cada uno de ellos. Me hizo un gesto con la mano para que lo siguiese. Por acá debe estar, me dijo. En la mitad de una pila, tocó un lomo rojo. Levantó los que estaban encima y me lo dio. Pará, dijo. Se lo di y lo miré. Tomo el libro, suavemente, y lo abrió con extrema lentitud, como desperezándolo. Dejó correr las hojas por las yemas de sus pulgares, mientras soplaba en su interior. Lo olió, y me lo dio.
Era la edición 1941, la primera. El papel amarillo, la tapa, dura y roja.
Yo sabía que comenzaba recién allí la etapa más difícil. Él esperaba mi pregunta. Me demoré unos minutos más, viendo las letras , encadenando palabras. Una música especial parecía salir de ellas, como de un Stradivarius que no supiese quien era Stradivarius. Único y final.
¿Cuánto?
Me miró y se acarició la barba. Sabés mejor que yo que no tiene precio ¿no?
Asentí con la cabeza.
Me gusta el whisky, me dijo mientras volvía por el pasillo. Pero no cualquiera. A mi edad no me perdono berretadas, sonrió. Tomo escocés. Mínimo doce.
Los dos sabíamos que hablábamos de años. Justamente lo que allí sobraban. Años.
Me dijo una marca. Old Parr. La conozco, mi abuelo tomaba lo mismo. Recuerdo la botella.








Lo tomo antes de acostarme, sentado en mi sillón. Un vaso chico, sin hielo. Y digo, mirando al cielo: Por vos, mi amor.




No sé porque el librero me contó aquello, aquella tarde de noviembre.
Tampoco sé porque me regaló el libro.
Si se que a partir de esa tarde, cada vez que puedo, compro una botella de Old Parr y se la llevo al viejo de barba, el de los libros, el que cada vez que me recibe me sonríe y me dice: ¿Qué haces , pibe?










La semana pasada le compré un libro y al llegar a casa, vi la dedicatoria.

¿Qué habrá sido de “Papi”?

¿Y de “S”, su completa hija?

¿Cuántos records más habrán batido de convivencia?

Y, sobre todo: ¿Por qué ese libro que había sido regalado con tanto amor estaba allí, naufrago? 
¿Qué fue lo que hizo que alguien lo venda? 
¿Por qué no lo guardaron, no lo cuidaron, un poco más?


¿Qué fue lo que hizo que ese libro llegue a mí, esta tarde, y me ponga tan triste? 










En aquellos momentos en los que conviene mentir, no decir, ocultar, sonreír con dientes de mentiras ,  en momentos en que parece que lo único posible fuese meterse en la cama y taparse y no salir nunca mas. Darkness
Sobran subtitulos. Hurt