Previamente:
El impecable Señor Martínez
Miranda
Tan solo, tan triste.
Noviembre era uno de sus meses
preferidos, junto con marzo. La primavera había cumplido con su portentoso
cometido: los árboles mostraban todos los verdes y las flores completaban la
paleta de colores del mejor pintor. Las
temperaturas no eran, aun, las del agobiante verano. El Sr. Martínez tenía la
posibilidad de escapar a fríos y calores, viajando adonde quisiese, pero
adoraba pasar noviembre en su ciudad.
Habían pasado dos meses de la muerte
de Miranda, y Enrique Martínez seguía
manteniendo algunas rutinas que comenzaban a preocupar a todo su círculo
íntimo, sobre todo a Carlos, su
chofer, y a Franca, su ama de llaves:
durante la semana Martínez le pedía a Carlos que lo lleve al cementerio. Jamás entraba. Bajaba del auto, caminaba, despacio, hasta las rejas que bordeaban todo el
predio, se apoyaba en ellas, tomándose
de los barrotes, y se quedaba unos minutos allí. Carlos lo miraba desde el
auto, sin bajar. A veces después de unos quince minutos , otras veces más,
Enrique Martínez giraba, levantaba su mano hacia Carlos, este bajaba , abría su puerta y volvían a
casa.
Largos silencios en su living, con la
televisión apagada y sin su omnipresente música, preocupaban a Franca.
No había alterado un ápice su rutina
de cuidado físico: se levantaba a las seis y,
llueva o truene, salía a trotar. Tenía un circuito diagramado por su
entrenador personal que el cumplía a rajatabla. Al volver, una serie de ejercicios eran realizados con
rigidez espartana.
No mentían cuando le decían que su
apariencia era la de un hombre mucho más joven que sus largos setentas.
Al salir de la ducha, Franca ya le había preparado su vestuario.
Sobre la cama, el traje, la camisa, su ropa interior, las medias, sobre la
alfombra, sus zapatos italianos. Una pequeña nota de color amarillo estaba
apoyada en su mesa de noche: "¿me llamás? Astrid”.
La pasó a buscar por su casa. Fueron
a un restaurante de puertas cerradas, del cual Martínez era habitué. La mesa de la ventana al parque era suya.
Siempre. Se colocó detrás suyo, al llegar a la mesa, y le sacó el abrigo que
entregó a un empleado del lugar. Corrió
su silla y dejó que se siente. Martínez no ordenó ningún plato. Ya lo había
hecho por la tarde, luego del llamado a Astrid.
Un delicioso vino blanco del Rhin fue
la excusa para el brindis. Acercó su copa y esperó que ella hable :
Por Miranda , dijo ella.
Por Miranda , dijo ella.
Por Miranda , contestó él.
Tengo que preguntarte algo, Enrique.
¿Qué?
¿Miranda te comentó algo acerca de un
baúl?
¿Un baúl? No ¿Por qué?
Porque tengo que cumplir con una
promesa que le hice ¿sabés? En casa tengo un baúl en el que ella guardó toda su
vida los recuerdos que tiene de vos. Y me hizo prometerle que, si algo le pasaba, fuese lo que fuese, yo debía dártelo. Y eso
quiero hacer. Ella pensó que debía dejar pasar un tiempo, por eso no te llamé antes. Pasaron solo dos
meses, pero no me aguantaba más, Enrique...
Cenaron, recordaron a Miranda con sonrisas y salieron.
El baúl en cuestión era de cuero, de
un tamaño mediano pero muy pesado. Astrid había tenido la precaución de ponerlo
a un costado de la puerta de entrada, de manera Carlos lo subió fácilmente al
auto.
"Tomá", le dijo mientras
estiraba la mano. Era una pequeña llave.
Ella me dijo que podía abrirlo, pero nunca pude hacerlo...
Gracias, Astrid. Se saludaron y ella
escuchó el ofrecimiento de Martínez: "Cuando necesites algo, aqui estoy”
Carlos subió el baúl y lo dejó donde
él se lo pidió: a los pies de su cama.
Enrique Martínez se sintió un
niño, sentado frente al baúl, con
la llavecita en la mano y un miedo que
lo atornillaba a la silla. Finalmente, se animó. Apoyó sus rodillas en la
alfombra y abrió la cerradura. Levantó lentamente la tapa. El olor a ella lo
inundó. Su perfume. Cerró sus ojos.
Inhaló. Suspiró.
Varios paquetes con cartas,
prolijamente atados con una cinta violeta. Papeles sueltos, de diferentes tamaños y colores, con
dibujos, palabras, fotos suyas recortadas
de periódicos y revistas. Reconoció su
propia letra en algunos.
Una tapa de gaseosa de la cual
colgaba un cartelito que decía: " tomo una gaseosa y pienso en él"
Un suéter finito color rosa. Enrique
Martínez no necesitó leer el cartel que colgaba de él para saber lo que decía:
era el que llevaba la última vez que se habían visto, hacia tantísimo. Y del
mismo color del que llevaba puesto en su reencuentro en el country, aquel fin
de año inolvidable.
Un frasco de su perfume
favorito, vacío. En la etiqueta había
escrito: "Nunca en mi vida lo cambiaré: es el que le gusta a él”
Enrique Martínez giró su cabeza y se vio en el espejo, arrodillado, llorando. Se incorporó y fue
hasta el living. Le pidió a Franca que le preparé un café. Con canela, Franca, por favor.
Se sacó los zapatos y estiró sus
piernas. Desde su sillón tenia la mejor
vista de la ciudad. El río quieto, a lo lejos, en el cual se reflejaba una luna
amarilla. Las luces de los autos por la avenida dibujaban líneas lentas, muy
lentas. Los árboles de noche ,transformados en siluetas.
Bebió el café como a él le gustaba,
de a mínimos sorbos, disfrutándolo.
Cuando volvió a su habitación, al ir
a cerrar el baúl, lo vio: debajo del
saquito color rosa, asomaba su tapa. Era el diario de Miranda. No decía nada en
su exterior.
Al abrirlo, Enrique Martínez se sintió morir. Leyó, en
esa letra redondeada, de niña, y a manera de carátula:
Enrique Martínez, te amo.
El impecable señor Martínez se sintió
temblar.
Miranda había escrito allí por años. Metódica, frenética, alegre, triste, angustiada,
esperanzada. En prolijos renglones, con sus fechas.
Martínez cerró el baúl y se acostó
con el diario a su lado.
Volvió a levantarse y fue a servirse
un Gentleman Jack más generoso que lo habitual.
No fue necesario ir a la heladera por hielo. Franca lo había escuchado y
ya venía con él.
Apoyó el vaso en la mesa y comenzó:
No se porque escribo. Ni cuanto
escribiré. Solo sé que HOY necesito
hacerlo.
Se fue.
Me dijo que no podíamos seguir. Que tenía que ir a Europa. Me dio el mejor beso que nadie me haya dado nunca, pero el solo hecho de pensar que fue el último me hace odiarlo.
Se fue.
Me dijo que no podíamos seguir. Que tenía que ir a Europa. Me dio el mejor beso que nadie me haya dado nunca, pero el solo hecho de pensar que fue el último me hace odiarlo.
¡Te odio Martínez!
Enrique Martínez leería varias veces
eso:
“te odio Martínez”. Como una técnica
de olvido:
Debo olvidarlo. Debo odiarlo.
Debo olvidarlo. Debo odiarlo.
¿Cómo puedo,si no, olvidar a quien amo
tanto?
Miranda había anotado, con pelos y
señales, sus encuentros. Leyéndola,
Martínez no podía dejar de imaginarla suspirando, vibrando. Detallaba
los besos de él en su cuello. Describía lo que sentía cuando él la acariciaba, en lugares donde ella nunca pensó que habría
escondido tanto placer. Y escribía:
" hay veces que pienso que me voy a
morir"
"¿voy manejando y me acuerdo de él?
¿Estoy haciendo las compras y me acuerdo
de él?
¿Por qué? ¿Por qué? "
Hoy cumple años. ¿Dónde estás Martínez?
¿Dónde estás, mi amor?
Hace una semana me casé, estoy en mi viaje de bodas, en un hotel hermoso ,en
Suiza, mirando por la ventana, pensándolo.
Soy un asco.
Ayer fuimos al shopping con Astrid y Clara. Me pareció verlo a
Enrique. No les dije nada a las chicas,
pero estuve media hora como una imbécil viendo si aparecía de nuevo. No lo vi más.
¡¡¡¡¡¡¡Me dijeron que está en Argentina!!!!!!!!!...
¿Qué hago?
Enrique Martínez recorría las páginas
y se daba cuenta de lo imperdonablemente estúpido que había sido. Una sensación
de vacío lo embargó.
Pensó: ¿cómo pudo pasar que él haya
estado toda su vida pensando en ella y ella en él y no se hubiesen encontrado? ¿Que
hizo que no se buscasen? ¿Qué fue lo que
impidió que coincidiesen?
Tomó un largo trago de bourbón.
Siguió leyendo.
¡ Me dijo Astrid que lo vieron en un restaurante y que él se acercó y les
dijo : " quiero que ustedes sean las botellas que me ayuden a encontrar a
la mujer que amo: se llama Miranda"
¡Me muero!
Le dije a Astrid que ni se le ocurra contactarlo.
Tengo una familia, un marido. Una
profesión. Una casa hermosa...
¡Me muero! No, no me muero...¡me quiero matar!
Este fin de año la paso sola. Los chicos con mamá en la costa y el juez
de viaje. ¡Qué lindo fin de año! ¡Menos mal que me invitó Astrid!
Estaba sentada en la mesa, sola y lo vi. Enrique. Vino hacia mí, caminando despacio. Un saco azul,camisa blanca. Impecable. Y yo temblaba como una hoja.
Salimos al parque. Le agarré la mano y ya
no pude soltarlo. No quería soltarlo nunca más.
Cuando me besó sentí que el aire
era más aire, los árboles más árboles ,la música más música, mi boca más boca.
¡Estoy loca! ¡Inventé un congreso y nos vamos con Enrique a Mendoza! ¡Salimos
mañana!
Debo estar viviendo un sueño: estoy con Enrique en un hotel de ensueño,
¡su hotel!, solos, por una semana. Me pellizco. Lo amo. Lo amo. Lo amo. Lo amo.
Lo amo.
Hicimos el amor. No voy a poder nunca encontrar las palabras. Ni pienso
intentarlo.
Volvimos a casa. Jamás viví una semana tan feliz. Pensé que nunca iba a
poder. ¡Quedamos en seguir viéndonos!
Nos estamos viendo a escondidas. Me siento rara. Disfruto cada
segundo, pero llego a casa y me siento
mal. Me da pena Juanjo.
Martínez ve por primera vez el nombre
del marido de Miranda en aquel diario. La otra vez se había referido a él como
" el juez".
No puedo seguir así. Hoy me sonó el celular y me asusté. ¡qué tonta!
Enrique nunca podría ser.
Él recordaba haber sido
preciso. "no te voy a llamar, mi
amor, quedáte tranquila".
Hoy lo llamé. Le dije que no podía seguir así. Juanjo, los chicos...
No le dije nada aún a Astrid. Cuando le dije que posiblemente termine con Enrique, ella me dijo: Esta bien que pienses en los demás, amiga. Pero... ¿Y vos? ¿Y tu vida?
No puedo parar de llorar. No puedo parar.
Martínez tomó otro trago.
Al querer mantener abierto el diario
para no perder la hoja por la que iba, notó que le habían arrancado un par de
ellas.
Se fijó si estaban sueltas dentro del
diario. No estaban.
Se paró y abrió el baúl. Buscó en el
atado de papeles sueltos, el de los recortes: allí estaban.
Miranda había escrito, con
prolija letra, la misma frase una
y otra vez, renglón tras renglón:
Soy una estúpida. Soy una estúpida. Soy una estúpida. Soy una estúpida .Soy una
estúpida
Soy una estúpida. Soy una estúpida. Soy una estúpida. Soy una estúpida. Soy una
estúpida
Soy una estúpida . Soy una estúpida. Soy
una estúpida. Soy una estúpida .Soy una estúpida.
Soy una estúpida. Soy una estúpida. Soy
una estúpida. Soy una estúpida. Soy una estúpida.
Enrique Martínez lamento en lo más
profundo darse cuenta que ,al fin de
cuentas, Miranda y él habían coincidido, tercamente, cada uno de los días de
sus vidas en una cosa: habían sido unos estúpidos.
Guardó el diario en el baúl, cerró la
tapa y guardó la llave. Miró al vaso vacío. Apagó la luz.

