domingo, 9 de febrero de 2014

Mi boca es mas boca.




Previamente:



El impecable Señor Martínez 


Miranda 


Tan solo, tan triste. 








Noviembre era uno de sus meses preferidos, junto con marzo. La primavera había cumplido con su portentoso cometido: los árboles mostraban todos los verdes y las flores completaban la paleta de colores  del mejor pintor. Las temperaturas no eran, aun, las del agobiante verano. El Sr. Martínez tenía la posibilidad de escapar a fríos y calores, viajando adonde quisiese, pero adoraba pasar noviembre en su ciudad.

Habían pasado dos meses de la muerte de Miranda,  y Enrique Martínez seguía manteniendo algunas rutinas que comenzaban a preocupar a todo su círculo íntimo,  sobre todo a Carlos, su chofer,  y a Franca, su ama de llaves: durante la semana Martínez le pedía a Carlos que lo lleve al cementerio.  Jamás entraba. Bajaba del auto,  caminaba, despacio,  hasta las rejas que bordeaban todo el predio,  se apoyaba en ellas, tomándose de los barrotes, y se quedaba unos minutos allí. Carlos lo miraba desde el auto, sin bajar. A veces después de unos quince minutos , otras veces más, Enrique Martínez giraba, levantaba su mano hacia Carlos,  este bajaba , abría su puerta y volvían a casa.
Largos silencios en su living, con la televisión apagada y sin su omnipresente música, preocupaban a Franca.
No había alterado un ápice su rutina de cuidado físico: se levantaba a las seis y,  llueva o truene, salía a trotar. Tenía un circuito diagramado por su entrenador personal que el cumplía a rajatabla. Al volver,  una serie de ejercicios eran realizados con rigidez espartana.
No mentían cuando le decían que su apariencia era la de un hombre mucho más joven que sus largos setentas.

Al salir de la ducha,  Franca ya le había preparado su vestuario. Sobre la cama, el traje, la camisa, su ropa interior, las medias, sobre la alfombra, sus zapatos italianos. Una pequeña nota de color amarillo estaba apoyada en su mesa de noche: "¿me llamás? Astrid”.

La pasó a buscar por su casa. Fueron a un restaurante de puertas cerradas, del cual Martínez era habitué.  La mesa de la ventana al parque era suya. Siempre. Se colocó detrás suyo, al llegar a la mesa, y le sacó el abrigo que entregó a  un empleado del lugar. Corrió su silla y dejó que se siente. Martínez no ordenó ningún plato. Ya lo había hecho por la tarde, luego del llamado a Astrid.
Un delicioso vino blanco del Rhin fue la excusa para el brindis. Acercó su copa y esperó que ella hable : 
Por Miranda , dijo ella.
Por Miranda , contestó él.
Tengo que preguntarte algo, Enrique.
¿Qué?
¿Miranda te comentó algo acerca de un baúl?
¿Un baúl?  No ¿Por qué?
Porque tengo que cumplir con una promesa que le hice ¿sabés? En casa tengo un baúl en el que ella guardó toda su vida los recuerdos que tiene de vos. Y me hizo prometerle que,  si algo le pasaba,  fuese lo que fuese, yo debía dártelo. Y eso quiero hacer. Ella pensó que debía dejar pasar un tiempo,  por eso no te llamé antes. Pasaron solo dos meses, pero no me aguantaba más, Enrique...
Cenaron,  recordaron a Miranda con sonrisas y salieron.


El baúl en cuestión era de cuero, de un tamaño mediano pero muy pesado. Astrid había tenido la precaución de ponerlo a un costado de la puerta de entrada, de manera Carlos lo subió fácilmente al auto.
"Tomá", le dijo mientras estiraba la mano.  Era una pequeña llave. Ella me dijo que podía abrirlo, pero nunca pude hacerlo...
Gracias, Astrid. Se saludaron y ella escuchó el ofrecimiento de Martínez: "Cuando necesites algo, aqui estoy”

Carlos subió el baúl y lo dejó donde él se lo pidió: a los pies de su cama.

Enrique Martínez se sintió un niño,  sentado frente al baúl, con la  llavecita en la mano y un miedo que lo atornillaba a la silla. Finalmente, se animó. Apoyó sus rodillas en la alfombra y abrió la cerradura. Levantó lentamente la tapa. El olor a ella lo inundó.  Su perfume. Cerró sus ojos. Inhaló. Suspiró.
Varios paquetes con cartas, prolijamente atados con una cinta violeta. Papeles sueltos,  de diferentes tamaños y colores, con dibujos,  palabras, fotos suyas recortadas de periódicos y revistas.  Reconoció su propia letra en algunos.
Una tapa de gaseosa de la cual colgaba un cartelito que decía: " tomo una gaseosa y pienso en él"
Un suéter finito color rosa. Enrique Martínez no necesitó leer el cartel que colgaba de él para saber lo que decía: era el que llevaba la última vez que se habían visto, hacia tantísimo. Y del mismo color del que llevaba puesto en su reencuentro en el country, aquel fin de año inolvidable.
Un frasco de su perfume favorito,  vacío. En la etiqueta había escrito: "Nunca en mi vida lo cambiaré: es el que le gusta a él”

Enrique Martínez giró su cabeza y se vio en el espejo, arrodillado, llorando. Se incorporó y fue hasta el living. Le pidió a Franca que le preparé un café. Con canela,  Franca, por favor.
Se sacó los zapatos y estiró sus piernas.  Desde su sillón tenia la mejor vista de la ciudad. El río quieto, a lo lejos, en el cual se reflejaba una luna amarilla. Las luces de los autos por la avenida dibujaban líneas lentas, muy lentas. Los árboles de noche ,transformados en siluetas.
Bebió el café como a él le gustaba, de a mínimos sorbos, disfrutándolo.
Cuando volvió a su habitación, al ir a cerrar el baúl,  lo vio: debajo del saquito color rosa, asomaba su tapa. Era el diario de Miranda. No decía nada en su exterior.
Al abrirlo,  Enrique Martínez se sintió morir. Leyó, en esa letra redondeada, de niña, y a manera de carátula: 

Enrique Martínez,  te amo.


El impecable señor Martínez se sintió temblar.
Miranda había escrito allí por años.  Metódica, frenética, alegre, triste, angustiada, esperanzada. En prolijos renglones, con sus fechas.
Martínez cerró el baúl y se acostó con el diario a su lado.
Volvió a levantarse y fue a servirse un Gentleman Jack más generoso que lo habitual.  


No fue necesario ir a la heladera por hielo. Franca lo había escuchado y ya venía con él.



Apoyó el vaso en la mesa y comenzó:






No se porque escribo.  Ni cuanto escribiré.  Solo sé que HOY necesito hacerlo. 
Se fue.  
Me dijo que no podíamos seguir. Que tenía que ir a Europa. Me dio el mejor beso que nadie me haya dado nunca,  pero el solo hecho de pensar que fue el último me hace odiarlo.
¡Te odio Martínez! 

Enrique Martínez leería varias veces eso:
“te odio Martínez”. Como una técnica de olvido: 
Debo olvidarlo. Debo odiarlo.
¿Cómo puedo,si no, olvidar a quien amo tanto?

Miranda había anotado, con pelos y señales,  sus encuentros.  Leyéndola,  Martínez no podía dejar de imaginarla suspirando, vibrando. Detallaba los besos de él en su cuello. Describía lo que sentía cuando él  la acariciaba,  en lugares donde ella nunca pensó que habría escondido tanto placer.  Y escribía: " hay veces que pienso que me voy a morir"

"¿voy manejando y me acuerdo de él?
¿Estoy haciendo las compras y me acuerdo  de él?
¿Por qué? ¿Por qué? "


Hoy cumple años. ¿Dónde estás Martínez?  ¿Dónde estás,  mi amor?


Hace una semana me casé, estoy en mi viaje de bodas, en un hotel hermoso ,en Suiza, mirando por la ventana, pensándolo.  Soy un asco.


Ayer fuimos al shopping con Astrid y Clara. Me pareció verlo a Enrique.  No les dije nada a las chicas, pero estuve media hora como una imbécil viendo si aparecía de nuevo.  No lo vi más.


¡¡¡¡¡¡¡Me dijeron que está en Argentina!!!!!!!!!...
¿Qué hago? 





Enrique Martínez recorría las páginas y se daba cuenta de lo imperdonablemente estúpido que había sido. Una sensación de vacío lo embargó.
Pensó: ¿cómo pudo pasar que él haya estado toda su vida pensando en ella y ella en él y no se hubiesen encontrado? ¿Que hizo que no se buscasen?  ¿Qué fue lo que impidió que coincidiesen?
 Tomó un largo trago de bourbón.
Siguió leyendo.




¡ Me dijo Astrid que lo vieron en un restaurante y que él se acercó y les dijo : " quiero que ustedes sean las botellas que me ayuden a encontrar a la mujer que amo: se llama Miranda"
 ¡Me muero!



Le dije a Astrid que ni se le ocurra contactarlo.
Tengo una familia,  un marido. Una profesión. Una casa hermosa...
 ¡Me muero! No, no me muero...¡me quiero matar!



Este fin de año la paso sola. Los chicos con mamá en la costa y el juez de viaje. ¡Qué lindo fin de año! ¡Menos mal que me invitó Astrid!





Estaba sentada en la mesa, sola y lo vi. Enrique.  Vino hacia mí, caminando despacio. Un saco azul,camisa blanca. Impecable. Y yo temblaba como una hoja. Salimos al parque.  Le agarré la mano y ya no pude soltarlo. No quería soltarlo nunca más. 
Cuando me besó sentí que el aire era más aire, los árboles más árboles ,la música más música, mi boca más boca.


¡Estoy loca! ¡Inventé un congreso y nos vamos con Enrique a Mendoza! ¡Salimos mañana!


Debo estar viviendo un sueño: estoy con Enrique en un hotel de ensueño, ¡su hotel!, solos, por una semana. Me pellizco. Lo amo. Lo amo. Lo amo. Lo amo. Lo amo.



Hicimos el amor. No voy a poder nunca encontrar las palabras. Ni pienso intentarlo.


Volvimos a casa. Jamás viví una semana tan feliz. Pensé que nunca iba a poder. ¡Quedamos en seguir viéndonos!


Nos estamos viendo a escondidas. Me siento rara. Disfruto cada segundo,  pero llego a casa y me siento mal. Me da pena Juanjo.




Martínez ve por primera vez el nombre del marido de Miranda en aquel diario. La otra vez se había referido a él como " el juez".

No puedo seguir así. Hoy me sonó el celular y me asusté. ¡qué tonta! Enrique nunca podría ser.

Él recordaba haber sido preciso. "no te voy a llamar,  mi amor, quedáte  tranquila".




Hoy lo llamé. Le dije que no podía seguir así.  Juanjo, los chicos...
No le dije nada aún a Astrid. Cuando le dije que posiblemente termine con Enrique, ella me dijo: Esta bien que pienses en los demás, amiga. Pero... ¿Y vos? ¿Y tu vida?

No puedo parar de llorar. No puedo parar.


Martínez tomó otro trago.
Al querer mantener abierto el diario para no perder la hoja por la que iba, notó que le habían arrancado un par de ellas.
Se fijó si estaban sueltas dentro del diario. No estaban.
Se paró y abrió el baúl. Buscó en el atado de papeles sueltos, el de los recortes: allí estaban.
Miranda había escrito,  con  prolija letra,  la misma frase una y otra vez, renglón tras renglón:

Soy una estúpida.  Soy una estúpida.  Soy una estúpida. Soy una estúpida .Soy una estúpida
Soy una estúpida.  Soy una estúpida.  Soy una estúpida. Soy una estúpida. Soy una estúpida
Soy una estúpida . Soy una estúpida.  Soy una estúpida. Soy una estúpida .Soy una estúpida.
Soy una estúpida.  Soy una estúpida.  Soy una estúpida. Soy una estúpida. Soy una estúpida.


Enrique Martínez lamento en lo más profundo  darse cuenta que ,al fin de cuentas, Miranda y él habían coincidido, tercamente, cada uno de los días de sus vidas en una cosa: habían sido unos estúpidos.



Guardó el diario en el baúl, cerró la tapa y guardó la llave. Miró al vaso vacío. Apagó la luz.