Una tos. Insistente, molesta tos.
Fines de noviembre. ¿Quién iba a decirlo?
Un veterinario de renombre. Antibióticos
y a casa.
Menos de un mes después,
conjuntivitis. La tos ya había, creíamos, pasado.
Antibióticos y a casa.
Hasta que un día notamos que te
costaba hacer pis. No levantabas la pata, te encorvabas. Dolor.
Otra vez: ¡Vamos, Gauna! Salías
contento. ¿Adónde creerías que iríamos? Otra vez por un pinchazo. Otra vez por
pastillas.
“Tiene inflamada la próstata. Te
sugiero operarlo”.
Como no, Doctor.
Anestesia. Más antibióticos. Más pinchazos
y mas pastillas.
“Todo salió bien”.
¡Cuánto me alegro!
Si hubiésemos sabido con mi
inseparable Guadalupe , mi negra, que nuestro todopoderoso Dogo Argentino ya no
volvería a ser aquel que fue, hubiésemos comenzado
allá por febrero a llorarlo.
Nos llamó la atención que no te
parases. Y más antibióticos. Y más pinchazos.
Hasta que tu hígado de acero dijo
basta para mí.
Y comenzó tu penar. Ya no tenías
hambre. O, peor, si lo tenias, no podías comer.
Bajaste de peso hasta quedar
reducido a un perro de esos que andan por la calle solitos y su alma
revolviendo bolsas por huesos improbables.
Los análisis dijeron que tenias
los glóbulos blancos allá lejos, por las nubes que mirabas cuando te acostabas
patas para arriba. Y el hígado hecho una piltrafa.
Buscamos a una eminencia local. Perros
de todo el país son traídos por sus dueños para ser atendidos por él.
“Está muy mal, Gustavo, muy mal”,
dijo evocando a Perogrullo.
Pero nos ilusionamos con una tardía ecografía que parecía indicar que todo no estaba tan mal...
Y empezamos con el suero. Y las
vitaminas y esto y lo otro.
Pareció que repuntabas, Gaunita.
Al otro día entraste caminando a la vete por una nueva sesión de pinchazos. Supercan.
Pero fue una ilusión. Y de nuevo
tu mirada triste y tu “no tengo ganas” cuando te poníamos un trozo de adorado
queso.
Aquel mediodía en que llegué y te
vi tan mal, fuimos a ver a Andrea. La doctora que te vio nacer y crecer te
recibió con todo el amor con el que es capaz.
“Perdida por perdida, le voy a
dar con todo lo que tengo”. Y más suero, y glucosa y antibióticos y mas
vitaminas y…
Y Lupe acostada a tu Lado dándote
albondiguitas de carne . Iñaki invitándote deliciosas tortas fritas. Los gustos
del enfermo. Y paquetes de Nestum con jeringa en tu boca. Y deliciosas pechuguitas en pedazos bien chiquitos....
Hasta que ayer a la noche, cuando por enésima
vez debí alzar tus todavía pesados cincuenta kilos ya no te podías quedar
parado.Y te caias. Y me mirabas con esa cara. Esa cara. Con tu parche de pirata
y tú mirada de amor asesino.
Y ya no pudimos más.
Después de meses de ir de acá
para allá, de someterte a todo . A todo
y más, notamos que tu portentosa fortaleza era ya un recuerdo. Que esto no era
vida para vos.
No más palomas por correr. Ni
parrillas por trepar. Ya no vamos a escuchar tu molestísimo ladrido cada vez
que el vecino encienda su camioneta.
Tampoco vendrás a mi encuentro
cada navidad a meterte entre mis piernas cuan caniche mientras los festejos estruendosos
iluminen el cielo.
Cada tarde, mientras te ponías a
mi lado, mi caricia en tu cabeza de titán te agradecía habernos cuidado tanto.
Cada noche , esas que vienen con ruidos de susto,
saberte con nosotros era un pasaporte al sueño.
Y cuando, hace unos años, afuera
solo había oscuridad y soledad, me acompañabas con mis mocos. ¿Cómo olvidarlo?
Y tuvimos que tomar la decisión.
La decisión de dejarte descansar. Y fue hoy.
Y en la vete, los tres, mi
adorada familia, estuvimos con vos. Y vi como Lupe te ponía “In my Life “de Los
Beatles, al oído, mientras te ibas, e Iñaki, mi hombrecito de quince años,
consolaba mis lágrimas baratas de macho
de pacotilla, revirtiendo roles.
Hicimos lo que pudimos Gaunita.
Lo sabés. Y aunque sea difícil soportar la injuria de quien nos culpa de no
haberte cuidado, sabemos que la vida (y no la justicia) que a veces no decanta
hacia le felicidad, pero que siempre lo hace para la verdad, se encargará de
poner las cosas en su lugar.
Te amamos.
Emilio Gauna.
10/10/2005-26/05/2014.
En nombre de Gauna, agradezco a :
La Dra Andrea Perrone por su cariño y su profesionalismo sin par.
A Fabián, por el caloventor que le dió calor a Gauna en sus últimos fríos y por quererlo siempre.
A Maria, mi hermana , que me acompañó, como en la vida.
A mi mamá, a mi tía Coca, y a todos aquellos amigos y familiares que entienden como se sufre por estos bichos.
A mis compañeros de trabajo que acompañaron mi sufrir.
A mis compañeros de trabajo que acompañaron mi sufrir.
y , por supuesto, a Lupe e Iñaki por ser indescriptiblemente amorosos y buenos.

