domingo, 24 de agosto de 2025

Homo Contradictorium

 


Homo Argentum , película, y Guillermo Francella,actor, interpelan.

No ya a la sociedad, mucho menos al arte. 

Al kirchnerismo. 

El kirchnerismo ha sido ,y aún cree ser, (en el aún está su crisis ,sintetizada en tres letras) popular. 

Oponerse ,como se opuso de manera explícita en cuanto espacio periodístico amigo y red disponible encontraron, a algo popular los interpela. 

Echarri no es popular. Su última película la vieron cuatro amigos y nos costó a los argentinos mucho dinero.

Andrea del Boca tampoco lo es . Y también le costó,al pueblo que ellos creen representar, mucho,muchísimo dinero. 

Podríamos enumerar a montones de actrices y actores sin ninguna representación que , sin embargo, creer ser populares y se hacen dueños de la palabra "pueblo" con descaro. 

Es por eso que se encuentran en un estado de desesperación. 

No pueden entender como alguien (Francella) y algo (Homo Argentum) pueden ser populares, ser apoyados por un número nunca alcanzado antes por muchísimos argentinos que destinan su dinero a ver y disfrutar a un artista argentino que representa a todo lo que ellos ven mal. 

¿Y que ven mal?

Ven mal que la película haya sido financiada por privados . 

Los impuestos de los argentinos no fueron puestos en juego. 

El Estado ,en este caso, estuvo ausente. Felizmente ausente.

Y fue un éxito. 

La bienvenida crisis del kirchnerismo (quien esto dice está convencido de que el peronismo y todas sus desviaciones , Menemismo,sindicalismo, Kirchnerismo, son causales de -casi- todos los males del país) tendrá su conclusión única en entender que no son todo lo populares que solían creer que eran, que la gente, el pueblo, no les cree más, que el pueblo lo único que quiere, que desea,que sueña y que siempre soñó es estar bien, tranquilo,tener agua limpia que beber, calles limpias por las que poder caminar, policías que los cuiden y médicos que los curen y que nada, nada de ello, les dió el kirchnerismo. 

Ni una sola cosa.

Nada.

El kirchnerismo les dió enemigos, les dió divisiones ,les dió la posibilidad de hablar con la e y también les dió la posibilidad de ver y sufrir el enriquecimiento de sus líderes. 

La gente, el pueblo, con su cultura acotada por paros salvajes y maestros tendenciosos que le tomaban lista a Maldonado y les enseñaban lo maldito que era Macri, entendió que sus líderes los habían traicionado. 

Que todo lo que pregonaban era , ineludiblemente, falaz. 

Maduro finalmente fue un dictador. 

Cómo siempre lo fue. 

Regalar la luz , el gas y las Jubilaciones, no estuvo bien. 

Cómo cualquier estudiante de grados inferiores lo hubiese sabido siempre. 

Creer que los precios se controlaban con controles llevados a cabo por militantes de pacotilla que no mueven uno solo de sus dedos sin la contraprestación monetaria ineludible en esa fallida causa popular, también fue un error.

Mirar para otro lado cuando una persona arroja bolsos con dinero, cuenta billetes delante de camaras puestas por ellos mismos o construye hoteles con profesiones nunca ejercidas, tampoco estuvo bien y también fue observado , con ojos de hambre , por tantos y tantos integrantes de él pueblo que creían representar.



No ví Homo Argentum . 

Y ,casi seguramente, no la vea nunca. 

Pero si ví, atónito, como hordas del mal entendido campo popular, se oponían a ella por no ser "de ellos",la intentaban destruir, la adjetivaban salvajemente, pretendiendo vaya a saber uno que. 

Felizmente, el pueblo se impuso. 

Y, quizás, esté bien.

martes, 19 de agosto de 2025

Sopor



 No me pidas que llegue tarde.

No me pidas que no te escriba.

No me pidas,por favor, que me resigne.

Es inútil. 

Sabemos que algunas cosas nos están vedadas.

¿Tiene sentido oponerse a ello?


No me pidas que te ignore.

No me pidas que te mienta.

No me pidas , por favor, que sea otro.


En este transcurrir tan opaco, tan áspero

¿Acaso no podríamos coincidir?


No me pidas que te olvide.

No me pidas que deje de sufrir tu ausencia.

No me pidas ,hijo, que dejemos de 

Alguna vez,y para siempre, 

Amarnos.





miércoles, 2 de julio de 2025

Madrugada

 Habitualmente no suelo sentirme asi. 

En mi normalidad, flotar es mi propósito. 

Ya no pretendo grandes nados.

Solo flotar.

Se que suena a resignación, pero,en mi día a día, flotar es un logro festejable.

Estoy más viejo y me duelen articulaciones desconocidas. 

Mi mandíbula suele traicionarme en movimientos independientes de mi. 

Noto en mi piel manchas que ya no se borrarán. 

No obstante ello,  vivo siempre  en futuros.

Es mi forma de cuidarme.

Claro que ya son más acotados. ¿Cómo no?

Debería dudar de mi sertralina si no lo entendiese así.

Pero no. Lo tengo claro. 

Tengo un asceta en mi. 

Mis resignaciónes son, simplemente, ineludibles en mi cordura.

Rio. Siempre lo hago. 

Mi humor me salva.

Me sirvo un single. 

Lo miro,ambar.

Lo huelo,tiempo.

En un vértigo, vuelvo a la tarde en que la vi. 

El sol me da en la frente. Apenas distingo su ojo verde como el mar.

Intento alcanzarla.

Rie.

Le digo que la amo. 

Rie.

Abro los ojos. 

Mi vaso me escruta.

Es tarde y mañana debo levantarme temprano, como cada día de mi vida que recuerde.

Mi vida, finalmente, es un eterno madrugar.







sábado, 29 de julio de 2023

El nivel delatante.

 



El día 27 de junio de 2021 comencé a ver torcido. Quizás fue antes , en realidad, pero recuerdo que ese día me di cuenta.

Estaba sentado en mi sillón y vi que el farol de mi parque estaba torcido. 

Me paré y me coloqué recto a él,pensando que mi impresión inicial era errada y que podía deberse a un tema de perspectiva.

Pero,no. Seguí viendo el farol torcido.

Casi dejo el tema ahí,pero minutos más tarde volví a mirar el farol y fue entonces cuando decidí ir al cajón de la cocina donde suelo guardar el metro y salí al parque. El metro en cuestión tiene una pequeña burbuja en uno de sus costados que sirve para determinar si un objeto está o no nivelado. 





Lo coloqué sobre la barra metálica circular y vertical que conformaba el parante del farol y la burbuja marcó que estaba perfectamente nivelado.

Lo moví un poco, lo agité ,como si se tratase de un antibiótico o algo así cuyo prospecto indica "agitese antes de usar" y lo volví a colocar, ésta vez, sobre otro tramo de la misma barra vertical. El indicador volvió a marcar que estaba perfectamente nivelada.

Volví al interior de mi casa, guardé el metro en su cajón y me senté en su sillón. 

Me propuse no mirar al farol. Seguramente aquello quedaría para siempre en el olvido. 

Sin embargo, volví a mirar el farol unas tres o cuatro veces más.

Lo ví siempre torcido.




En la semana fue a ver a mi oculista de confianza y le conté lo sucedido. Sonrío,me pidió que me siente, me hizo un par de mediciones y me dijo que ,como yo había pensado en primera instancia, habría sido una tema óptico de luces,sombras y vaya a saber uno que más. 

Me fui tranquilo.



Dos semanas después ,en mi trabajo, hubo un suceso que me volvió a llamar la atención. Un compañero muy cercano, casi un amigo, había sido ascendido ,sorpresivamente, a un importante cargo.

En la reunión en la que nos anunciarían este cambio,me senté en cuarta fila en un pequeño auditorio destinado a este tipo de reuniones.

Cuando el Gerente de la compañía se dispuso a anunciar el ascenso, noté que él estaba torcido. Estaba parado con ambos pies ,uno al lado del otro, perfectamente alineados, pero su cuerpo se inclinaba significativamente hacia la izquierda. Mi compañero ascendido ingresó,entre aplausos, y se paró a su lado, preparándose para agradecer. Volví a notar que él también estaba torcido. Le pregunté a la compañera que estaba a mi lado si notaba lo mismo y me dijo que no, que estaban perfectamente rectos, bien parados. 

Sonreí intentando hacer aparecer aquella pregunta cómo una broma.





Dos noches después ,mirando televisión, en la pantalla de televisión mostraban al ministro de Economía haciendo importantes anuncios. Estaba parado ,como es usual,apoyándose en una tarima con un micrófono , haciendo gala de su sonrisa socarrona. 

Se lo veía claramente inclinado hacia su izquierda. 

Presté más atención a la escena y vi que ,el resto de los elementos que la componían -una pintura a sus espaldas, una planta , a su derecha y su propia secretaria, a su lado- estaban perfectamente rectos, alineados con el horizonte imaginario que marcaban el piso y el techo de la habitación.

Cambié de canal.





Ese mismo fin de semana, decidí sorprender a mi novia e ir a su casa. Al cerrar las cortinas ,ví como el farol del parque,finalmente, se había caído. Estaba torcido, pensé.  

Estacioné en la esquina, varios metros antes , para que no escuche el auto. Tomé el ramo de crisantemos, su flor preferida,busqué la llave que ella me había confiado y entré a hurtadillas.

Subí las escaleras y abrí la puerta de su habitación.

En la cama los ví a ella y a mi compañero de trabajo recientemente ascendido ,empapados con el sudor del sexo.

Me quedé parado con el ramo de crisantemos en mi mano,sintiéndome un pelotudo, mientras veía como ella y él se paraban uno a cada lado de la cama, inevitablemente torcidos.

domingo, 2 de abril de 2023

Acantilado

 



Fantaseó con ello mucho tiempo. 

No años,pero si meses. Tenía una edad suficiente (el adjetivo le resultaba adecuado) , sus hijos se habían independizado hacía tiempo y sólo debía ajustar alguna que otra cosa para no complicar a nadie con su decisión.

Pero eso también estaba resuelto. 
Sus cuentas estaban pagas, un par de seguros cubrían gastos imprevistos y poco más. Nada más.
Ya había  ido al acantilado unas tres o cuatro veces. 
En todas,claro, se había arrepentido o, disfrazando la excusa , se dijo a sí mismo que no estaba listo.
Ese domingo  por la mañana aparecía similar a esas veces anteriores, no obstante ello, igualmente sacó  la carta que guardaba en el segundo cajón de su cómoda,  le dio de comer a su perro y subió a su auto.
Al encenderlo, un impulso lo hizo volver sobre su pasos , entrar a su casa , dejar las llaves sobre el estante del espejo, y caminar hacia el parque.
Silbó.
El perro corrió hacia él y se acostó a sus pies.
Él se acostó a su lado y lo abrazó.  Le dijo un par de palabras ,casi susurrandolas, mientras lo acariciaba, se volvió  a parar y volvió al auto.
Al encenderlo él se dio cuenta que esta vez era diferente a las anteriores.

Llegó  al acantilado y dejó el auto a la sombra de un pequeño sauce.
Dejó la carta sobre el asiento del acompañante y su teléfono, desbloqueado.
El borde estaba a unos cincuenta metros.
Caminó hacia él despacio , escuchando el sonido de unos pájaros que supuso gaviotas y oliendo el mar.
Al llegar, el vértigo que lo acompañaba de siempre, lo hizo detenerse a uno o dos metros
En el horizonte , un pequeño barco de pescadores se balanceaba, nuez.
Sintió el viento en sus mejillas.
Dio un paso. Y luego otro.
Debajo, las piedras del final se escondían entre lenguas de mar.
Como otras veces, pensó  en volver atrás.
Fantaseó,una vez más, en qué pasaría en esos pocos segundos .
Cerró los ojos y se dejó caer.
El viento rozó suavemente sus brazos abiertos,y , antes de las piedras , se decepcionó  al darse cuenta de que sólo pensaba en esas dos o tres cosas que había tenido y perdido y que ya nunca volvería a tener.






sábado, 4 de junio de 2022

La sombra debajo del puente

 




Nadie lo hará, me repito. Nadie.
Me envanezco, en un espejo oscuro.
¿Acaso alguien pretenderá lo que yo?
No lo sé.
Igualmente, en mi pensar, solo yo estoy allí.
En ese lugar acotado, angosto, asfixiante.
En ese corredor hacia ¿donde?
Allí estoy.
No espero nada , es verdad.
Lejos de la resignación, cercano a la tranquilidad de haberlo logrado.
Me río. Sólo.
¿Acaso alguna vez soñaste con esto?
En tu penar de sin amores , estoy.
En tu soledad de desamparo, también.
Lejos, pero estoy.
Recuerdo tus llantos
Tus lágrimas ,tus quejas.
Nadie me ama, decías.
En la sombra debajo del puente
del tiempo,te digo, me digo:

La vida es esta. 

La culpa de lo que no hagas 

Será tuya.  

Y de nadie más.








martes, 19 de abril de 2022

Mis perros.

 




Casi sin darme cuenta caí en el lugar común:

¡Se pasó en un abrir y cerrar de ojos!

¡Parece que fue ayer!

¡No puedo creerlo! ¡Que grande estas! ¡Pensar que te conozco de así de chiquito!

Y tantas otras figuras remanidas, alegorías gastadas, estúpidas exclamaciones de sorpresa infundada.

Sorprenderse con el paso del tiempo es casi tan tonto como extrañar al aire debajo del agua.

Sin embargo, es así.

Me encontraba en la edad en la que ya no tengo la certeza de sobrevivir a mis perros.

Los planes van quedando postergados, pero, a diferencia de otras etapas, van siendo colocados en cajones altos, en rincones oscuros, en bohardillas carceleras de los que ya nunca saldrán.

La realidad comienza a ser tan cruel como el futuro.

El suelo queda cada vez mas lejos al agacharme y la agitada respiración ya no es consecuencia de un esfuerzo extraordinario sino de una mínima escalera. 


Mis perros me miran mientras enciendo el fuego.

Las chispas los hacen ladrar.

El olor de la madera al encenderse me transporta al frío de un abril inolvidado, una tarde en la que el piso parecía estar mas cerca , los planes volaban en círculos en torno a mi y al fuego, repletos de futuro.

Mi padre destapaba una botella de un vino que creímos bueno.

Un poco mas alla, mis hijos jugaban en el lago soñado de  la inocencia.

El olor de la piel de esa mujer era el olor de la risa y el amor y que ahora es el mismo olor al de la ausencia.




Viendolo en retrospectiva, quizás tampoco era feliz entonces, pero creía serlo y ello, después de todo, seguramente es lo importante. 

La creencia de serlo .

La impía esperanza.









domingo, 20 de junio de 2021

Callo

 




Hoy, me hubiese gustado que me llames.
Si, está bien, es una convención , lo sé, pero bueno, te esperaba.
Cómo en las navidades , o los cumpleaños.
Que sé yo. Te espero.
No dejo de sorprenderme por tu ausencia.
Cada día que pasa sin verte produce ¿Cómo decirlo? Como un callo. Como una dureza, una costra.  Pero no en mí piel,no.
En mí pecho.
Adentro.
Debo ser culpable ,seguramente.
Algo debo haber hecho mal.
Pienso y vuelvo a pensar y no lo sé.
Te juro que no lo sé.
No, no puedo jurar por quién no creo.
Te aseguro, mejor,  que no lo sé.
Jamás me hubiese imaginado vivir así.
Esperándote.
Día tras día. 

Sonriendo para la galería.
Viviendo por otros y para otros.
Pero sin vos.
Los demás parecen no entenderme.
Ya no lloro cuando hablo de vos.
Debe ser por eso , ¿no?
Deben creer que estoy mejor.
Me está agarrando sueño.
Esperé ya casi hasta las doce.
Hoy me hubiese gustado que me llames, ¿sabés?















Debe ser verdad, I.

Mientras dura el remordimiento, dura la culpa.








domingo, 2 de mayo de 2021

Alivio

 




No es tal el miedo ,es alivio.

El sabor del café en la  mañana, la alegría de mí perra al levantarme, el persistente aroma del malvón, la rutina hermosa de recordarte, el sonido del agua en mí ventana, la sonrisa de mí hija, el vértigo de extrañar, la tarde amarilla.

Todo eso desaparecerá , es verdad.

Pero es un alivio pensar que también lo hará el silencio de mí hijo, mí  insoportable opacidad, la certidumbre de saber que ya no hay planes ni metas, el agrio día a día, el lento transcurrir, tu ausencia.

A medida que el tiempo pasa voy dejando que  mis uñas se suelten y ya no se aferren a estos días, voy dejando que el miedo de caer se transforme en ese alivio de saber que ya no hay más.


domingo, 25 de abril de 2021

El Elegido.

 



Esteban Matthias comenzó a fogonear, para sí mismo en un comienzo y luego ampliando a sus familiares y amigos, que tenía una especie de don atribuido por vaya a saber quién, que lo convertía en un afortunado, una persona destinada a evitar las tragedias y accidentes que viven el resto de los mortales.

Fundamentaba su teoría en una serie de hechos , no muchos pero si trascendentales, que solía relatar a aquellos a quienes se la confiaba.




El primero de los hechos sucedió cuando tenía 24 años. Recuerda con claridad la fecha porque aun guarda recortes de los diarios de la época. Fue un 17 de abril de 1992. Ese día salía de la clínica  a la que había ido a retirar unos análisis. Cruzó la calle con cuidado y al llegar al café dudo en sentarse a tomar uno y siguió caminando a su derecha. Cree haber sentido la explosión pero los médicos dudan que así sea. Se despertó quince días después en la clínica de la cual había salido.

Un camión que transportaba garrafas fue chocado por detrás y nadie se explica como, porque no debía suceder, todo voló por los aires. Las cinco personas que estaban en la vidriera del café murieron en el acto y, sumando a los choferes de los vehículos involucrados, personas que había en la vereda y demás , fueron dieciocho los muertos, convirtiéndose en una de las tragedias mas importantes de la historia de la ciudad.

Esteban pasaba por detrás de un transformador de la empresa eléctrica que estaba en la vereda, segundos después de haberse arrepentido de tomar un café. Medio metro detrás suyo una mujer murió literalmente decapitada por una garrafa que le arrancó la cabeza. El transformador salvó su vida y solo sufrió un fuerte golpe en el cráneo al golpear contra la pared que hizo que los médicos tuvieran que mantenerlo en coma mientras disminuía la hinchazón.

 

 

 



El segundo de los hechos sucedió tres años después, en la temporada del 95. Estaba con un grupo de amigos en el balneario del tío de uno de ellos, en las afueras de la ciudad. Disponían de dos de las mejores carpas, una pegada a la otra, con reparo y vista al mar. Él solía ir sólo los fines de semana y estuvo a punto de no ir ese sábado porque había escuchado que habría tormentas eléctricas por la tarde. Al despertarse vio un sol radiante y pensó lo que siempre pensaba: Estos del pronostico no tienen ni la más puta idea.

Llegó cerca de las once y se sentó junto a un amigo, Javier, y su novia quienes siempre  eran de los primeros en llegar.

Más tarde se fueron sumando el resto hasta completar unos diez. Almorzaron, bebieron y se rieron hasta que algunos comenzaron a ir al mar. Esteban se quedó leyendo una novela a la que le faltaban solo algunos capítulos para terminarla.

La tarde transcurrió tranquila . Poco después de las cuatro comenzaron a verse unas nubes oscuras que venían del lado de la ciudad.

A las eso de las cinco , el Polaco, el sobrino del dueño, invitó a todos a dar una vuelta a bordo de una especie de catamarán pequeño que solían alquilar como atractivo turístico.

Todos accedieron y se encaminaron a la orilla. Esteban se negó, a costa de quedar como un aburrido, siempre pensando en terminar la novela a la que le quedaban ahora una pocas hojas.

Abrió la heladera, se sirvió una cerveza y se sentó en la reposera. Vio como todos sus amigos subían al catamarán y le pareció escuchar las risas de todos aun estando tan lejos.

Mientras leía no se dio cuenta de las nubes. Fue casi al mismo momento que terminó la novela y levantó la vista hacia el mar. Todo estaba cubierto por una nube tan oscura como la noche. Vio como el catamarán se acercaba a la costa, apenas pasando la rompiente.

No saben si fue el mástil del catamarán lo que atrajo al rayo. Esteban estaba mirando en el preciso instante en que la silueta inconfundible del rayo, primero, y luego un sonido ensordecedor, impacto a la embarcación.

Luego los gritos, los llantos. Aun nadie entiende como sobrevivió Silvina, la novia de Javier. Más tarde ella dijo que , como eximia nadadora que era, decidió pasar la rompiente a nado, porque tenía miedo y quería llegar rápido  a la orilla.

EL resto de sus amigos murió.

 

 

 



Poco más de diez años después sucedió el tercero y último de los hechos.

Esteban tenía que viajar a España , enviado por la empresa para la que trabajaba, con escala en San Pablo. Se levantó temprano, tomo un taxi (aunque podía hacerlo , porque el viaje era corto, apenas cinco días,  odiaba dejar su propio auto allí). Hizo el embarque normal y se propuso dormir hasta llegar a San Pablo donde debían estar cuatro horas.

El aterrizaje fue más tranquilo de lo que esperaba, -tenia pésimos antecedentes de Congonhas que debía utilizarse por remodelaciones en Guarulhos- , y a los pocos minutos estaba en el café de la sala de transbordos.

Leyó los diarios sin entender demasiado, su portugués era pésimo, y decidió dar una vuelta por el lugar. Se detuvo en una librería. En la vidriera estaba la última novela de una de sus autoras preferidas, apenas visible en un rincón de la estantería más alta y se quedó mirándola. Escuchó una voz femenina que le decía, en castellano: “Con que sea apenas igual que su anterior libro, será maravillosa…¿leíste “Recorre los campos azules?”

Él se quedó pensando cómo podía ser que alguien conozca a Claire Keegan, como podía ser que esa persona sea una mujer hermosísima y , he aquí lo extraño, como podía ser que ella se le acerque a hablarle de ello.

“Sí , claro”, le contestó.

Fueron a un café –no al que había ido anteriormente que estaba repleto de gente, sino a uno que quedaba en otra explanada, bastante lejos de allí.

Sostuvo la charla más encantadora que jamás imaginó con esa mujer hermosa, hasta que su celular le indicó una alarma. Debía ir a embarcar.

Que él se haya equivocado en la hora del embarque al poner la alarma, que su encuentro lo haya hecho distraer más de la cuenta, que esa mujer se transforme dos años después en su esposa, que él haya perdido su avión y que ese mismo avión, apenas cuatro horas después pierda contacto con tierra y nunca jamás se sepa nada ni de el  ni de las casi trescientas personas que iban a bordo, es el último de los eventos que convencieron a Esteban Matthias de que, evidentemente, era un elegido.



Esteban Matthias entendió que había una sucesión de hechos -el arrepentimiento de tomar el café, el segundo exacto hasta alcanzar el transformador, la novela indispensable en sus últimos capítulos, el ejemplar de Claire Keegan divisado en el estante alto,la alarma equivocada,la charla posterior con esa mujer increible- que no podían responder al azar sino algo más cercano a un designio,a un camino prefijado ,a un  destino feliz.

 

 

 

 

 

 

En pocos meses cumpliría cincuenta años y , aunque nunca fue muy amigo de las celebraciones, consideró que cincuenta era un numero que lo ameritaba.

Pensó en hacer las compras con tiempo y eso hizo. Fue al lugar a donde siempre iba y, a diferencia de otras veces, eligió estacionar su auto en frente, cruzando la avenida, y no en el estacionamiento del subsuelo,  para luego salir más rápido a su casa.

La avenida era ancha y en el medio había un boulevard hermoso al que le habían colocado, ya hacía varios años, unas palmeras que lucían hermosas. Cruzó la primera parte y se detuvo debajo de una de ellas. Al comenzar a cruzar la otra parte, no vio la manguera semi enterrada que habían colocado allí con fines de riego.

Lentamente, Esteban Matthias comenzó a caer sobre la avenida, Al hacerlo vio el Toyota azul que venía velozmente, enseguida supo que no podría frenar y que ello no sería culpa del conductor. En su último vuelo, Matthias solo atinó a espera la caída.

Al golpear contra el asfalto, segundos antes de que la rueda derecha le destroce el cráneo y su cerebro salga desperdigado en mil pedazos, algunas imágenes se le cruzaron velozmente: un perro blanco, su padre sonriente, sus hijos en una hamaca, la mano de su madre acariciándolo, una mujer amándolo.






domingo, 22 de noviembre de 2020

El reino del Gigante

 



Lo conocí allá por el 2007, cuando me separé, llevado por quién entonces era mi empleado. Sabía de su existencia, claro, pero nunca se me había dado por entrar. Aquella primera noche era enero y las mesas de la vereda estaban completamente ocupadas. Seguimos para el interior del lugar. Era tan pequeño que, para que alguien entre ,algún otro debía hacerle, de alguna manera, lugar: o corriéndose un poco o yéndose .

Mi empleado, Juan, saludó como un habitué. “Negro”,le devolvió un gigante que estaba tras la caja y que era el amo y señor del lugar. Ocupamos las dos banquetas altas del fondo. Todo el lugar constaba de otras tres, todas en una hilera sentados en una especie de barra ancha. A nuestras espaldas, un pasillo de no más de cuarenta centímetros y después, la pared, recubierta en madera hasta el metro medio, como se usaba en los setentas.

Antes de ir Juan me había advertido: vamos a ir a un lugar lleno de borrachines y drogones, (Juan era algunos días los unos y otros días, los otros y muchas veces, ambos), pero quédate tranquilo, allí está todo bien. “todo bien”, pensé. Perfecto.

Detrás de Ruben, sin acento en la e, el rey del lugar, había una estantería que había sido pintada hacía muchos años y sobre la cual se apilaban, desde botellas de caña y ginebra, pasando por dos o tres tipos de vino tinto barato ,latas de tomate , un almanaque que no marcaba ni día ni año y un banderín de Boca.

Al que llegaba, Ruben saludaba amablemente , le colocaba un trozo de papel ,el mismo que usaba para envolver las comidas de aquellos que se la llevaban a su casa, extendiéndolo a modo de individual. El lugar era conocido por un sánguche de milanesa completa y tamaño gigante como el dueño, al que había bautizado ,sin mucha originalidad, “sanguchazo”, pero yo preferí preguntarle qué había. “vacio al horno con papas, milanesa, filé, con puré, fritas o ensalada, empanadas…lo que quieras”, me recitó  , como si me hubiese ofrecido una extensa carta.

¿Qué comerías vos?

Vacío con papas.

Listo, un vacío.

Tinto?

Tinto.

 

A mi lado estaba sentado un hombre de traje y corbata y arrugas en la cara que no solo eran de años sino de estragos. Era un importante funcionario de la AFIP que cenaba allí regularmente. Mas allá, un morocho joven pero al que ya le faltaban algunos dientes, hablaba de fútbol con el viejo de la punta y reían.

Todos allí se conocían. Y nadie se conocía.

Comí uno de los mejores vacíos con papas de mi vida. Lo acompañe con el tinto áspero y berreta que Ruben me había servido.

¿Qué te debo, viejo?

Ruben tomo la birome que apoyaba en su oreja y escribió sobre mi individual de papel de envolver. Había sido, además,  el vacío más barato que comí en mi vida.

Lo saludé y me fui.

 

Vuelvo a aquel lugar cada vez que puedo. La mayoría de las veces , solo. Otras, acompañado. Cuando me atreví a llevar a una señorita , -y la señorita se atrevió a entrar-, Ruben hizó parar inmediatamente a alguno de los parroquianos con un “a ver quién le da el lugar a la señorita”. El  tono es de pedido. Y de orden.

Ayer volví, después de mucho tiempo. Habían adosado un garaje contiguo al pequeñísimo lugar original , y entré por allí. Me acodé en una barra de la que colgaba un banderín de Estudiantes y que tenía un espejo de punta a punta de la pared. La pared del fondo también estaba tapizada por un espejo al que habían pintado , con los colores de Boca: “Bienbenidos. El Sanguchazo”, así con dos b.





Se me acerca un joven mozo al que conocí años atrás y que ya no parecía tan joven.

¿Cómo anda? , me saludó, sin tutearme.

Bien, flaco.

¿Lo de siempre?

Lo de siempre.

 

Un minuto después siento la mano de Ruben en mi espalda:

¡Tanto tiempo!, Me dice.

Tanto tiempo, Ruben.

Gira con una media sonrisa en la boca y se vuelve a su lugar.

Siempre admiré como Ruben mantenía el orden en este , su reino, compuesto por gentes a la que diez metros más allá de sus puertas uno no podría ni hablarles sin llevarse una mirada inquisitoria, en el mejor, de los casos o un insulto en el otro. Todos allí eran cultores de una corrección extrema y cuando alguien sacaba los pies del plato, animados por el alcohol,  allí estaba Ruben: Cacho, a dormir. Y Cacho se paraba y se iba.

En la más tristes de las paradojas para quien comanda un reino de borrachines y drogones, su hija había fallecido unos años antes aniquilada por ese polvo al que se suponía él conocía a la perfección. Desde ese momento Rubén no había vuelto a ser el mismo.

A su corazón definitivamente partido le había agregado una renguera que lo había transformado en un gigante de cara triste y andar quejoso.

Pero ni aún así había perdido su amabilidad y su educación.

Me mire en el espejo mientras comía y pensaba estas cosas. Yo también estaba más viejo, claro.

La persona que estaba a mi lado, un flaco con musculosa y gorra de Chevrolet, me pide la sal, que le alcanzo, pero solo como excusa para preguntarme algo relativo a mi trabajo y pedirme un favor. Anoté su teléfono y le dije que lo llamaría. Era la primera vez que veía al flaco de Chevrolet y quizás la última, pero estoy seguro que si alguna vez volvemos a vernos, en la jungla del  afuera, el flaco se va  acordar de mí y yo de él.

Así eran las cosas en este lugar. Todos los habitues del lugar estaban cascoteados, algunos más otros menos. Algunos arrastraban vicios. Otros, secretos. La mayoría dolores. Pero estando allí todo se sentía como en pausa, como si la vida nos hubiese dado a todos un momento para hablar de todo y de nada, para reírse lo que dijo el otro , para escuchar al viejo que se sentaba frente a Ruben relatar algo que todos teníamos la certeza de haber ya escuchado pero que todos escuchamos como la primera vez. Para tomar el vino pedorro que nos servía Ruben como si fuese el mejor, porque, sencillamente, en ese momento lo era.

Para todos ir allí era como entrar a una caverna, a una cueva reparadora y tibia en donde no entraban las fieras, una especie de templo donde todos hacían un alto en sus vidas para pasarla lo mejor posible al menos por un rato, un lugar en el que todos éramos iguales, no había nadie que pudiese hacer valer, allí dentro, en el Reino de Ruben, las diferencias que nos acompañaban en nuestras vidas.

Pasé un trozo de pan sobre el jugo del  vacío que ya me había comido, lo puse en mi boca y cerré los ojos. Tengo que venir más seguido, pensé. 

Pasé entre dos que conversaban a viva voz, pedí permiso y salí.

lunes, 24 de agosto de 2020

Enumeración.








 Mí viejo dándome la mano para cruzar la calle.

El primer día de clases con el guardapolvos blanco almidonado. 

Un sueño frío en 1972.

La orilla del mar tan fría como el sueño.

Mamá dejándome comer unas pasas de uva antes de preparar el pastel.

La caminata a casa después de bailar con mí amigo de tantas caminatas.

Mí hermana y yo en la habitación de la que jamás nos olvidariamos.

Mí abuelo lavándose los pies en la pileta del fondo de su casa.

Los almanaques completos de cruces esperándola.

El temblor en mis manos al tocar a mí hija aún tibia de útero.

La melancolía de mí mediocridad irremontable.

Las despedidas inevitables aunque agriamente tempranas.

La tarde de sol en la que supe que ya no volvería.

El jacarandá en mí vereda.

Mí perro mirándome antes de irse.

El insuperable dolor de que mí hijo me ignore.

El sabor del whisky.

La inútil culpa de haberla perdido.


La vida,esa enumeración. 





sábado, 25 de enero de 2020

Unos metros más allá.



Es un decurso, un transcurrir, -pienso-.
Una espera, un devenir.
Las cosas ,solas, se van a acomodar, -me dicen-.
Hubo un tiempo en el que supe esperanzarme con esas palabras.
Ya no.
Los días me horadaron, como la gota a la piedra.
Las cosas , finalmente , no van a ser, -me digo-.
La vida pasa unos metros más allá.
Tan cerca, tan lejos.
Me toco una arruga desconocida.
Es el tiempo que insiste.
En mi silla, el sol me entibia.
En otros momentos hubiese llorado.
Ya no.
El llorar es un vicio de juventud. -me impongo-
Y ya no estoy para esos vicios.





domingo, 7 de julio de 2019

Temblar sin saber lo que es temblar.








Se acercó, me saludó y me pidió un número. Le respondí el saludo y le dije que se siente, que enseguida lo atendería. Me sonrío y retrocedió unos pasos, hasta la primera fila de asientos y se sentó. Unos minutos después lo llamé. El hombre miró a ambos lados y me volvió a mirar. Sí, Señor, usted, pase por favor.
Me extendió su mano y se presentó.
Tome asiento, por favor. ¿En qué puedo ayudarlo?
Vestía muy prolijamente, una campera verde de paño, pantalones beige y zapatos lustrados. Un pañuelo de seda al tono en el cuello. Su pelo era blanco, de canas también prolijamente peinadas. Tendría unos setenta años.
Quisiera que me ayude con este trámite. Es un tema que hace tiempo estoy reclamando.
Miré en los sistemas. El expediente al que aludía tenía diez años y ya estaba terminado hace nueve. Se lo dije.
Pero…no entiendo.
Volví a fijarme. Era así. No había ningún otro trámite en curso.
Durante unos minutos estuvimos hablando del tema. Por momentos lo noté tenso y pensé se enojaría.
Pero, pero…es que ¿sabe qué pasa? , me preguntó. Me parece que me estoy olvidando las cosas. Su semblante cambió.
Todos nos olvidamos las cosas, intenté conformarlo. Es esta vida loca que nos vuelve locos.
No, no. Yo lo sé. Estoy seguro, Insistió. Y agregó. Este mes me fui dos veces a Misiones.
¿Cómo que se fue dos veces a Misiones?
Me explicó que allí tiene un comercio al que va cada tres meses, pero que este mes fue dos veces. Dos veces en un mes. Y que no se dio cuenta. Sólo lo hizo al recibir el saludo del encargado de la estación de servicio del pueblo, donde solía cargar nafta al llegar.
¡Otra vez por acá, Don! ¡Qué extraño tan seguido! ¿Pasó algo?
Sus ojos brillaban, enrojecidos.
¿Fue al médico?, pregunté.
No, no, me respondió en voz trémula y suave. Tengo miedo.
Entiendo, le dije.
Los restantes minutos se desvanecieron entre intentos vanos de convencerlo para que vaya al médico y su temerosa terquedad.
Me estoy olvidando de quien soy. Hizo una pausa.
Me voy a tirar de las cataratas, dijo y me sonrió.
Preferí interpretarlo como un chiste, le di la mano, le devolví la sonrisa y miré como se iba, erguido.








Volviendo a casa intenté recordar eventos de mi pasado, puntuales. Y me di cuenta que desde hacía mucho tiempo no aprendía algo interesante, por ejemplo. Me di cuenta que no recordaba quien me había enseñado a decir gracias, ni cuándo.
¿Quién me enseño a pedir perdón? ¿Lo hice? ¿Cuándo aprendí a abrir la puerta y ceder el paso? ¿Cuál fue la tarde exacta en que eso pasó?
¿De qué manera aprendí a dar la mano fuerte y firme?
¿Cuándo fue que entendí lo que era amar? ¿Lo aprendí, finalmente? ¿Eso que creo amor es realmente amor?
¿Cuándo se estrujó mi corazón por vez primera? ¿Cuál mi primer lagrima?
No recuerdo ninguna de las  primeras caricias que seguramente recibí.
La voz de mi padre ya no es ni recuerdo. Como todas las voces.
Tampoco recuerdo cual fue el primer libro que leí.
El olor al perfume de aquel primer beso –que muchos años creí recordar- también se escondió en mi memoria.
Mi memoria es una caja llena de recuerdos desordenados en la que nunca encuentro el que deseo.
Estoy sentado en un galpón en un taburete alto. El sol de la tarde pasa a través de la ventana ,me da de frente y me encandila. Mi madre cocina y el  vapor hace temblar la tapa de una cacerola de loza color verde.
¿Quién me enseño a escribir? ¿Cuándo? ¿Cuál fue la primera palabra que leí sin ayuda?
Cierro los ojos y quiero recordar el primer llanto de mi hija, en vano.
Siento el traqueteo del avión sobre la pista, la vez que volé por primera vez. No recuerdo al avión. Ni el año. Ni la ropa que llevaba. Pero si la tela brillante y dura de los cinturones de seguridad.
Nado en una pileta de agua tibia y clara. Mi cuerpo es joven. Hay alguien sentado con los pies en el agua. No sé quién es.








En la ruta camino a mi casa el sol cae tras los arboles envuelto en naranja y frío.
Me pregunto si no será hora de dejar de preocuparnos por nuestros recuerdos y resignarnos a que vayan y vengan cuando quieran, que nos acompañen si es que quieren y si no dejarlos ir y disfrutar su olvido sin penas, viviendo este presente fugaz que devora futuros y se va, veloz, a esconderse en ese pasado esquivo que tanto nos preocupa.
Me pregunto si no será liberador olvidar, para siempre, definitivamente. 
Y vivir cada sonrisa recibida con la sensación de estar aprendiendo lo que es una sonrisa.
Y sentir la piel de la persona que amamos y descubrir el amor. Y temblar como es deseable temblar. Y temblar por primera vez sin saber que antes hubo otras.
Y conocer el dolor y creer en aprender. Creer sin entender que para aprender hay que recordar. Y olvidar nuevamente. Una y otra vez.
Siendo feliz cada vez.













domingo, 12 de mayo de 2019

Mi Jesús, mi Barrabás.







Soy mi propio Dios, mi Jesús.
Soy mi propio Diablo, mi Barrabás. (*)
Me equivoco y me perdono.
Me persigo y me escapo.
De mi,siempre de mi.

Soy el que me odia y me ama.
Soy el que me toca el hombro
Y me dice:
¿Vas a ser feliz alguna vez?
¿Vas a serlo, finalmente?

Tengo una vida siendo Pilatos
dejando escurrir los días
 entre mis manos
que se ensucian  de pasado.

Soy mi Jesús, mi Barrabás.
Soy el que me toca el hombro
Y me dice:
¿Vas a dejar de pecar?
¿Vas a ser feliz alguna vez?
¿Vas a serlo , finalmente?



























(*) claro que podría haber puesto "Satanás" en lugar de "Barrabás", pero éste ultimo representa el desperdicio, la elección equivocada, el error imperdonable de poder haber sido y haber tomado un atajo.

sábado, 11 de mayo de 2019

Daiquirí






(En los ratos  libres que nos queda cada día, jugamos un juego con dos entrañables amigos: tenemos que desarrollar un relato corto (¡cortísimo!) utilizando lo que la RAE en su pagina oficial denomina "palabra del día". Así lo venimos haciendo desde hace un tiempo solo con aquellas palabras desconocidas, extrañas y hasta graciosas , de a uno por día. Hace poco decidimos que haríamos un solo relato semanal usando las cinco palabras destacadas por la RAE.
Este es el primero de ellos -nada asegura que haya mas- con las palabras en negrita y cursiva que en este caso son: "pazguato", "sobre", "pacienzudo", "cayo" y "sinfín")




Daiquirí





Durante más de seis meses separó el dinero que le pagaban puntualmente el primer lunes de cada mes en la ferretería en la que trabajaba, al sur de Boston. En realidad el lugar era lo que los americanos llamaban Store, pero para él, un inmigrante latino con diez años de residencia ilegal, era una ferretería, una enorme ferretería.
Aunque el salario no era nada del otro mundo, se las arregló para poder colocar en la lata de sopa del primer estante de la alacena, trescientos dólares a principio de cada  mes.
El avión que los llevaría de vuelta a la isla les cobraba “quinientos dólares por cabeza” -así, en su precario spanglish, les había dicho el piloto el día en que arreglaron el vuelo, casi un año atrás- y era solo de ida. El resto de lo ahorrado sería para su familia. Volver de la isla al continente era otro tema bien diferente, que debía ser arreglado con poca anticipación al día elegido.
El aparato era un viejo Piper, de chapas con pintura  descascarada amarillo y blanco,  y sin número de identificación alguna, propiedad de un ex piloto de la primera guerra, ajado por la vida y al que el respeto a las leyes no constituía prioridad alguna.
Archie, así se llamaba, se dedicaba a cruzar gente a la isla, evadiendo
 los radares, volando casi rozando las olas y aterrizando en una pista
 clandestina que los días de lluvia se transformaba en un pantano, para luego volver rápidamente a la Florida. Su lugar de salida era otra pista también clandestina, en este caso un viejo aeródromo abandonado, al sur de Tarpon Springs.
Corría el año 1965 y la Revolución estaba en su punto más alto en la isla. Él, como muchos otros, había tenido que  huir unos años antes, dejando todo atrás: familia, amigos, casa y recuerdos. En los casi diez años pudo hacer algún que otro amigo y poco más. Siempre se había jactado de ser  pacienzudo que es como en su casa natal le llamaban a aquellas personas calmas y con paciencia infinita, pero estar sin su mujer y sobre todo, sin su hijo al que tuvo que dejar con apenas seis meses, habían terminado por vencerlo.
Había, además un motivo más que lo llevaba de vuelta a la isla: durante todos estos años fuera de ella se había convertido en un eximio lector arrastrado por las olas de recuerdos que le traían los libros escritos por ese escritor maravilloso que, paradójicamente, vivía un destino inverso al suyo. Ese escritor había ido a Cuba, se había enamorado de ella y se había convertido, quizás sin querer y luego sabría que muy a su pesar, en una cara de la revolución. Sus principales novelas y cuentos habían sido escritos allí, en la Finca Vigía o en el Hotel Ambos Mundos, en la habitación 511, en la que se recluía cuando necesitaba encontrarse con su soledad. El tiempo que no había estado allí, lo vivió en un ambiente similar, a pocas millas de distancia, cruzando apenas ese mar caliente lleno de los peces espada que amaba pescar en su yate “Pilar”, en su casa de Cayo Hueso.
 Había leído en un sinfín de oportunidades “El viejo y el mar” y cada vez que lo hacía volvía a Cuba sin volver y le parecía tocar a su hijo y besar a su mujer, en una congoja parecida al sufrimiento y que hacia inexplicable su lectura. Sabía que volver a la isla y hacerlo con boleto de ida, era una decisión equivocada, con pocas posibilidades de que las cosas terminen saliendo bien, sin embargo hacerlo no representó una opción: ya no soportaba estar fuera de allí.

La madrugada del vuelo seguía siendo noche cuando entraron al aeródromo. Habían viajado tres días en una vieja camioneta de uno de los cuatro pasajeros del avión, todos ellos cubanos, todos hombres, todos volviendo al lugar en el cual nunca habían dejado de pensar. Uno de ellos dejaba en Boston a su esposa y volvía para ver a su padre enfermo de muerte, por última vez. Desoyó consejos de amigos y de su propia madre , quien le imploró que no volviese, pero él se subiría a ese avión aunque fuese lo último que hiciese ya que consideraba que su vida no sería vida sin un último abrazo a su padre.
El viejo Piper arrancó sin quejas y se acomodaron rápidamente en la estrecha cabina. Archie les dijo: “Tienen suerte: anuncian buen clima. Si quieren dormir, les aviso cuando estemos prontos a llegar”.
Javier, el más joven de los cuatro, miró a todos con cara de sorprendido – cara de pazguato, diría una abuela – no obstante ello, a poco de despegar se durmió plácidamente.
EL viaje duró poco más de una hora, volando muy cerca de un mar turquesa por momentos teñido de plata por el sol. Cinco minutos antes de llegar, Archie dijo:” Muchachos, llegaron a casa”. La costa se recortaba en el horizonte y encima de ella, la sierra. Aterrizaron en un palmar inmenso, sin instrumentos, y agradecieron la pericia de Archie, quien posó al Piper en dos o tres suaves rebotes sobre la tierra blanda.
Habían acordado  que cada uno se arreglaría por su cuenta y por separado para llegar a La Habana, por lo que se dieron un gran abrazo y se perdieron entre las plantas, sin más.
Él , por su parte, había intercambiado cartas durante meses con su hermano mayor, usando un lenguaje de claves improvisado, y habían planeado encontrarse a unos diez kilómetros de allí, en un paraje costero llamado Tarimene.
Llegó, poco después del mediodía, y ello lo benefició ya que solo había tres personas en el bar: el cantinero; un viejo de piel del color del carbón, arrugado por la vida y por el sol, que fumaba un puro de fabricación casera , con su envoltorio verde y la brasa casi quemándole los labios ; y su hermano. El plan era ni siquiera saludarse, esperar unos minutos y salir por separado. El viejo Buick celeste estaba estacionado en una calle lateral y él ya lo había visto al llegar, lo que lo había tranquilizado.
Su hermano lo puso al día, le transmitió la tristeza de vivir como vivían, y le explicó que se quedaría en  casa de un tío paterno, en las afueras de La Habana, mientras decidía que hacer.
Dos días después recibió la visita de su mujer, a la que sintió como una extraña, y de su hijo , a  quien abrazó durante  quince minutos sin poder parar ni de reírse ni de llorar, empapándolo en lágrimas y en besos, pero sin poder dejar de advertir que solo él sentía lo que sentía y que el niño no podía devolverle lo que le daba. No los culpó y sintió un extraño sentimiento de tranquilidad y sosiego.
A la semana de llegar decidió visitar la Finca Vigía. Lo haría como turista aprovechando las pocas ropas que había traído y que lo diferenciaban de un cubano. Su tío completó el disfraz, prestándole una vieja cámara de fotos Pentax sin rollo.
En la finca vio su escritorio y su silla, sus trofeos de caza y sus fotos, vio como en una pared colgaba una capa de un famoso torero, de su paso por España. En una vitrina se exhibía abierto un viejo cuaderno con alguna página manuscrita de lo que después seria “París es una fiesta”. En otro anaquel, una revista reflejaba las elogiosas críticas de “Por quién doblan las campanas” anticipándose al Nobel. Una primera edición de “Adiós a las armas “ y “El jardín del edén” relucían sus lomos de cuero lustroso junto a un espejo oval.
Todo en la residencia evocaba al escritor y a su obra y se preguntó si aquellas personas que no habían leído sus libros podrían sentir lo mismo que él sentía.






Estuvo en la isla cerca de dos meses. Fue visitado por su esposa y su hijo en dos o tres oportunidades. Visito la Finca ,todos los días, casi sin ausencias, el hotel y el bar donde el escritor solía sentarse por las tardes a beber su propia preparación de daiquirí. Justificó ante el guía de la Finca sus repetidas visitas, mintiendo acerca de un plan de estudios.
Notó, en carne viva, que ya no pertenecía allí. Dudo acerca de cuál sería el lugar en donde finalmente pudiese sentirse ser.


Cuatro meses después se despidió de su hermano en el mismo bar de Tarimene y poco después volvería a recorrer aquel palmar, la misma pista de tierra blanda, esperando por el avión que lo saque de allí, que lo devuelva a cualquier lugar en donde ser feliz.




















"Siempre hay tiempo. Hasta que se acaba."  (4ta obviedad de Rouke, inolvidando) 

jueves, 11 de abril de 2019

Césped.





Camino. Por la noche,camino.
El ritmo es el de mi respirar.
Una suave y tibia brisa me acompaña.
A mi lado,un sueño pasa ,veloz
Y se pierde en una ‎esquina. 
Sigo. Por la noche,sigo.
El silencio solo admite mis pasos.
Casi no hay luz,ni luna.
Otro sueño pasa a mi lado,
Y se pierde en la esquina. En otra.
Me detengo.
Ya no quiero vivir persiguiendolos.
 -me digo en un susurro-
Ya no puedo vivir persiguiendolos.
- repito en un susurro-
Camino. Nuevamente,camino.
Sobre un techo veo,ahora si, la luna.
Amarilla.
Su luz ilumina una ventana de pintura brillante.
Y azul.
Huelo el aroma del césped recién cortado.
Mi padre me mira.
Llego a la esquina donde los sueños 
se perdieron.
Miro la calle.
Es muy parecida a aquella por la que vine.
Casi igual a aquella por la que iré.












Discriminando momentos de vértigo 
Como quien ordena anaqueles
Para un mañana que nunca llegará. 
Un orden abstracto,inútil,vano.




viernes, 8 de febrero de 2019

Un gato gris que nos mira







- Sos mi esperanza ¿Sabés?
Se lo dije así, de la nada, sin que guarde relación con algo de lo que veníamos  hablando ,  pero se lo dije.
Estábamos sentados mirando el fuego crepitar, mientras los leños iban transformándose lentamente en brasas, una noche de verano como tantas. En la mano derecha de cada uno había un vaso a medio tomar: a mí me gustaba el whisky; a él, la cerveza. Lo apoyábamos en los anchos apoyabrazos de madera pintada de verde  de los viejos sillones de su casa. Adoraba esos sillones. Eran sólidos y cómodos y, además, antiguos. Tenían todo lo que un sillón debe tener.
Me miró y me dijo:
- ¿Que decís? ¿Te puso romántico el whisky?
Ambos reímos. Él había enviudado hacia años, en circunstancias lo suficientemente trágicas como para que se hable poco de ello. Desde ese momento se había recluido en su vida. Iba a trabajar y volvía a su casa. Cuidaba a sus hijos, ya adultos, y a su madre, quien lo requería como quien quiere lavar las culpas de los errores cometidos. Durante años vivió escondido, agazapado, como con miedo a aquello que pudiera venir.
Nos hicimos amigos casi sin buscarlo, pero sin poder oponernos. Fue inevitable rendirnos ante nuestras coincidencias.
- No, le dije. Nada de romanticismo. Es la verdad. ¿Vos no te das cuenta, no?
Me miró más extrañado aún.
- Darme cuenta... ¿de qué?
- De lo que cambiaste. De lo que tu vida cambió. ¿No es obvio? ¿No es maravillosamente obvio?
Un leño grande cayó desde lo alta de la pila y provocó unas chispas que nos sobresaltaron. La luna era naranja y cercana.
- Es verdad, tenés razón. Ni yo lo puedo creer. Créeme.
Después de muchos años de soledad, él había conocido, casi sin quererlo, seguramente sin buscarlo, a una adorable mujer. Trabajaba en una empresa que proveía a la suya de insumos y se conocieron en una festividad de fin de año. Compartieron una mesa grupal e intercambiaron teléfonos. Se sorprendió recibiendo un mensaje días después. De esto ya hacía seis meses. Su cambio fue tan vertiginoso como notorio. Cambió su semblante, su sonrisa afloró, comenzó a interesarse en renovar su vestuario y ya no sentía esa necesidad imperiosa de recluirse en su casa.



Me acerqué a la parrilla y coloqué con cuidado la carne. Los brasas habían tomado el rojo necesario.
Pensé un poco en mí.
Fue necesario verlo tan feliz para darme cuenta de mis días grises. Yo también había construido un fuerte de gruesas paredes en torno mío. Las paredes no estaban compuestas de ladrillos, sino de palabras, de ideas, de sensatas -creía- convicciones: "Ya no la amo", " ¿Extrañarla? ¿Quién? ¿Yo?", " No, hoy no salgo, me quedo en casa, estoy bien" ,"¿Así que tenés alguien para presentarme? ¿Y quién te dijo que yo quiero que me presenten a nadie ?"
Me di cuenta que, de alguna manera, yo  era él. Yo era , ahora, el mismo que  él  había sido hasta hace unos meses. Y me di cuenta que también estaba agazapado, como con miedo, como quien espera sin esperar.
Me acerqué a mi sillón y volví a sentarme. Él había llenado mi vaso. Acercó el suyo y los chocamos.
En el aire  ya paseaba el aroma de unas hojas de laurel que había puesto a quemar.
Un gato gris nos miraba desde la pared blanca del fondo.






- ¿Entendés porque sos mi esperanza, no?













jueves, 10 de enero de 2019

Una pintura suave y brillante.







Desde el cambio de vagones en el tren que utilizaba diariamente para trasladarse al centro de la ciudad, él se encontraba incómodo. Los nuevos vagones eran lustrosos, de pintura suave y brillante, que él tocaba al subir pasando su mano  sobre ella para luego tomarse de la barra metálica, también cromada y brillante, y subir al vagón. Los asientos eran mullidos y se acomodaban perfectamente al cuerpo, otorgando una comodidad inédita para ese tipo de transporte. Había música y, desde ya, los nuevos vagones  estaban climatizados perfectamente, de manera que tanto en los helados inviernos como en los veranos de calor bochornoso, los viajes eran algo casi parecido al placer.
Sin embargo, él sentía una incomodidad que surgía de una ausencia: el traqueteo de los viejos vagones sobre las también viejas vías había desaparecido. Ese traqueteo era el que le daba el ritmo al viaje, al inevitable cabeceo, al hecho de entre dormirse entre sonidos que ya no estaban; paradójicamente, el silencio le molestaba.
Desde su niñez –ahora tenía cuarenta años- utilizaba el mismo tren para ir a la ciudad. Primero para ir a la ciudad, generalmente por diversión – recordaba ir al parque Central y acercarse al pequeño lago en el que los patos nadaban y se acercaban a la gente por comida, alguna ida al cine o  a una casa que vendía unos pasteles con membrillo chorreantes de almíbar,siempre con  su madre y sus hermanos-; luego ,cuando comenzó a ir a bailes o a la casa de alguna novia que no vivía en su barrio. Más tarde para ir al trabajo, bien temprano, a la fábrica en la cual trabajaba su padre y luego él, en el otro extremo de la ciudad.
La fábrica lo había despedido hacia casi un año, sin importarle demasiado su historia en la empresa , sus necesidades y la de sus compañeros, por lo que los viajes en el tren habían bajado a dos o tres veces por semana para presentarse en entrevistas de trabajo que siempre lo hacían volver cabizbajo y malhumorado.
Si algo no cambió al renovar los vagones fue la presencia de los niños. Una niña rubia ,de pelo desordenado y ojos de un celeste casi blanco, vestida con ropas que evidentemente habían utilizado sus hermanos varones ,aparecía casi siempre a la misma hora , sola. Ofrecía, alternativamente, pañuelos, golosinas, agujas y alfileres  o todo aquello que le diesen para vender. Él nunca aceptaba lo que le ofrecía pero siempre le daba algo de dinero.
Desde hacía unos meses los niños eran varios. A la niña rubia se le habían agregado dos o tres niños más. Se intercalaban en el ingreso al vagón y ofrecían más o menos lo mismo. Sus edades eran, también, las mismas: entre ocho y doce años, no más. Él pensó que la edad para pedir limosna o intentar vender algo haciendo valer la edad no podía ser mayor a esa: ninguna persona le daría dinero a un joven de quince o más años. En ese caso solo se limitaría a vender algo y ello estaba más controlado en el tren.
La primera semana les dio dinero a todos los niños. Subiendo al tren en la semana siguiente se dio cuenta que no podría seguir haciéndolo. El dinero de la indemnización era escaso y debía ajustar sus gastos al máximo. Ya había tenido discusiones con su esposa por ello. ¿Por qué comprás vino? ¿Es necesario? ¿Por qué esto? ¿Por qué el otro? Claro que ella no pensaba lo mismo cuando él le decía lo mismo acerca de las compras de cosméticos o cosas por el estilo: ¿Querés que vaya a trabajar hecha un desastre? ¿Eso querés? ¿Querés que me echen y nos quedemos sin ningún ingreso?
Las cosas no estaban nada bien . Cuando ella se levantaba por las mañanas para ir a trabajar y él no tenía nada para hacer , sentía que algo se revolvía en sus tripas. Comenzó a prestarle atención al detalle que ella le ponía a su arreglo personal y se preguntó si lo estaría engañando con un compañero de trabajo. Llegó incluso a esperarla a la salida de su trabajo, oculto detrás de una camioneta. Esa tarde ella fue a hacer unas compras para la cena y volvió a casa. Entre otras cosas, ella le compró un chocolate , que le dio después de la cena.Se sintió avergonzado.





Al subir al tren tomó una decisión: le daría dinero solo a la niña rubia. Le pareció odioso que tenga que ser él, quien supuestamente estaba ayudando a alguien, quien, a la vez, discrimine a quien ayudar y a quien no.
Es la puta vida, pensó.
Ese día supo que la niña se llamaba Zoe. Le pareció un nombre hermoso pero, a la vez, más acorde a otro país. Se lamentó de sus preconceptos estúpidos y de su creciente intolerancia a todo lo que no le resultase correcto. Relacionó esto a una vejez incipiente y se consoló pensando que uno es el producto de un cúmulo de cosas que fue aprendiendo en la vida y de las cuales no es culpable, sino víctima.



En las entrevistas a las que concurría solía encontrar la misma respuesta: lo llamaremos. Él sabía que ello significaba exactamente lo contrario, por lo que ya no se preocupaba en sonreír al empleado que lo entrevistaba. Su humor iba empeorando día a día y él sentía como su garganta se transformaba en un nudo o su pecho parecía vaciarse y quedar ausente de todo, hasta de sus propios latidos. Pensó en consultar al médico, pero un ex compañero de la fábrica – también despedido- al que se encontró en un bar después de una entrevista, le dijo que había sentido lo mismo y que había ido al médico. El doctor, después de hacerle los chequeos de rutina, le dijo: “Es angustia, Sr. Es tristeza, preocupación” y le recetó unos tranquilizantes que le dieron resultado unas semanas hasta que el nudo volvió aparecer.



La niña rubia se dio cuenta de lo que pasaba. Seguramente lo comentó con los otros niños a los que él había dejado de darles dinero. Una tarde, volviendo a su casa, ella se sentó a su lado durante algunos minutos, algo inusual ya que  solo se paraba frente a la persona a la que le ofrecía sus cosas, con su mejor cara para la ocasión. Le preguntó si tenía un perro, a lo que él contesto que no, que lo había tenido, pero que había muerto hacía ya unos años.
       -     ¿Cómo se llamaba?
       -      Carbón.
-                       -  ¿Carbón? , rio. ¡Qué nombre raro!
-                       -  Es que era todo, absolutamente todo, negro. Hasta sus uñas. Todo. Salvo sus ojos, claro.
-                       -¿Y de que murió?
A Carbón lo atropelló un auto mientras cruzaba a toda velocidad la calle persiguiendo un gato, pero él prefirió decirle:
       -      De viejito.
       -      ¡Pobre Carbón!, dijo , y se marchó.




Fue al llegar de una de tantas entrevistas. Al entrar a su casa, sobre la mesa de entrada, apoyada en el espejo, estaba la nota. Le dijo que estaba cansada, que no era feliz. Que lo había intentado una y otra vez, pero que no había podido. Le dijo que se quede tranquilo, que no había una tercera persona. Le pedía perdón por decírselo de esta manera pero que no se atrevía a hacerlo personalmente. Por último, le dijo que se iba a casa de su madre y le deseaba que fuese feliz.
Él se sentó en su viejo sillón y se quedó mirando el televisor apagado un tiempo largo. No pudo distinguir si el pecho vacío era producto de la carta o era el mismo pecho vacío de siempre. Tampoco pudo saber por qué no lloró. Descartó que fuese por falta de amor. La amaba. Pero también sabía que ya las cosas no eran como ellos habían soñado.
Se preguntó si el hecho de no poder llorar  sería otra consecuencia de todo lo que le pasaba, si habría que sumarlo al nudo en la garganta y al vacío en el pecho.




La niña rubia dejó de venir por varias semanas. En uno de sus viajes decidió preguntarle a otro de los niños.
-                            - A Zoe le pasó algo feo, dijo el niño de gorra de un equipo de básquetbol americano.
-                            - ¿Algo feo?
El niño no quería hablar.
Hizo algo de lo que  seguramente se arrepentiría, pero que le pareció indispensable hacer: le mostró un billete. Un billete más grande de aquellos que solían recibir en sus interminables recorridos por los trenes.
-                            - A Zoe la agarró el tío.
-                            -¿La agarró? ¿le pegó?
-                            -  No, dijo el niño.
No fue necesario que le diga nada más. Le dio el billete y vio cómo se fue caminando, hasta que abrió la puerta hacia el otro vagón y la cerró tras de sí.




La policía acudió, al parecer, por la denuncia de un vecino quien dijo que no era normal que las luces del porche estuvieran apagadas por las noches y además, ese olor…ese olor tan desagradable que uno no podía evitar oler al pasar por la vereda.
Derribaron la puerta y el olor les confirmó las sospechas del vecino. Su cuerpo colgaba de una viga de madera gruesa del techo , apenas a unos cinco centímetros del piso. Hinchado y deforme, solo estaba vestido con su ropa interior. Todo en la casa estaba de manera pulcra y  ordenada, como si él la hubiese preparado para la ocasión.
Sobre la misma mesa en la que su esposa le dejó la nota cuando se fue, él dejo una.
Constaba de unas pocas líneas:
Durante todo este tiempo le pedí a Dios que me ayude.
Perdí mi empleo y mi mujer. Perdí mi dignidad y mi felicidad.
Dios nunca acudió en mi ayuda.
Es por ello que yo me transformé en su Dios.
Yo fui el Dios que la liberó de su infierno.


El caso fue cerrado rápidamente por la policía. Sencillo fue saber lo de su despido de la fábrica en la que había trabajado toda su vida y la separación de su mujer. Sus ex compañeros dieron fe de su estado de ánimo nada bueno, cercano a la depresión. La carta sin sentido era coherente con todo ello.



Nadie reparó en el improvisado altar que había en el fondo, junto a un sauce de verde furioso; apenas algunas piedras de río, redondas y grandes apiladas, debajo del cual había algunos huesos de perro y el cuerpo de Zoe.














- ¿Sabés a quien vi ayer?
- no
- A Irene.
- ¿Y como la viste?
- Vieja, triste.
- Es que la felicidad tiene un precio, ¿sabés? La comodidad, en cambio, te arruga.